sábado, 15 de abril de 2017

De una indeseable y dulce resistencia


Creo que ya van dos meses o un poco más desde que me dieron la noticia. Era una tarde de verano, el panorama se veía interesante en la capital, pero es verdad que no siempre las cosas siguen el curso que quisiéramos.

Todavía recuerdo el momento en que le pasé unos exámenes al médico que me esperaba ese día. No llegué ahí por mi cuenta, sino porque hace meses la ginecóloga me había enviado hasta allá, pero yo no hice caso, por varios motivos: cansancio, aburrimiento, ganas de no gastar mi esquivo sueldo en exámenes y consultas médicas. Según ella, suponía que mi insoportable, y en ese instante, irregular menstruación (perdón por tanta honestidad) podía deberse a un posible tema con el azúcar. Fue con un comentario pasajero que me sugirió que disminuyera el consumo de alimentos azucarados. En ese momento tomé sus palabras como parte de una rutina y nada más. Una sugerencia que de seguro no importaba tanto.

Noviembre de 2016: Segunda sesión con mi nuevo dermatólogo. Fue él quien nuevamente me hizo un chequeo y me mandó a hacer exámenes de un cuanto hay. Todo bien, salvo dos cosas: mi hierro estaba bajo y para eso tendría que tomar pastillas. Lo otro: algo que a él lo confundió, por lo que no se atrevió a darme un diagnóstico determinante: el examen de la llamada “Insulina Post Carga” no calzaba. Mi insulina se elevó, sin embargo, algo era de extrañar: mi glucosa y glicemia estaban en perfecto estado. Solo mi insulina estaba fallando y era para tomar en cuenta. Era evidente: me gustara o no, mi visita al nutriólogo era inevitable.

Ese día de enero me encontré frente a frente con un señor mayor, demasiado serio y hasta algo malhumorado. Por lo general, la seria, precisa, reacia a estas experiencias y poco amigable en estos casos suelo ser yo. “Me salió gente al camino”, claro. ¿Y qué más podría decir? Finalmente, esto se resumiría en una frase típica de un antiguo programa de comediantes: “A ers, ¿quién es el “dostor”?” Sus palabras me cayeron como patada en la guata, en pocas y honestas palabras: “Me fui a la mismísima chucha.” El nutriólogo con su mirada seria me dijo lo que antes quise ignorar y que jamás hubiese querido oír. “Tu glucosa y tu glicemia están bien, pero tienes resistencia en la insulina.” 

No sabría describir con perfecta exactitud todo lo que sentí en ese momento, solo sé que me derrumbé y que la garganta se me convirtió en un nudo que me costaría desatar durante el resto de la tarde. Entonces, el médico siguió con lo demás: me recomendó unas pastillas (Metformina) y, junto con eso, me pasó una hoja que sostuve con miedo y curiosidad. Era un papel escrito con sugerencias para llevar una “vida más sana”.

Una vez que salí de la consulta, quedé con varias ideas dando vueltas: tendría que cambiar mis costumbres, un medicamento nuevo y el especialista que me atendió no era el más simpático del mundo. Es más, me pareció derechamente desagradable. Sin embargo, hay algo que hasta hoy le agradezco infinitamente: él fue sincero, me habló con ese tono verdadero que tanto admiro, ese que sale sin adornos y que, aunque duela, al final llega por mejor. Así debería ser toda la gente: hablar sin huevonadas ni darle tantas vueltas a lo que tiene que decir. De frente y nada más.

¿Resistencia a la insulina? ¿Qué mierda? Desde mi época escolar tengo claro que la Biología y sus derivados son temas que están lejos de mi dominio. Por más que me hayan dicho un diagnóstico, yo no sabía la raíz de este proceso, no entendía qué pasaba dentro de mí. Mi hermana, a pesar de no ser profesora como mi mamá, papá y yo, igualmente heredó esa capacidad de enseñar que viene de familia. Fue ella quien me aclaró el panorama con una explicación más simple. ¿Por qué mis exámenes no cuadraban ni iban para el mismo lado? Si mi glucosa y mi glicemia están tan bien es gracias a la insulina. Ella es la que se esfuerza por tener bajo control mis niveles de azúcar y para conseguirlo llega al punto en que incluso se eleva más de la cuenta. Ella sube con tal de que mi glucosa y mi glicemia estén en buen estado. Ella sube, aunque eso le signifique un sacrificio.

Cuando mi hermana me lo planteó de ese modo, me dio pena. Es como cuando una persona que te quiere se esmera en verte bien y con tal de lograrlo, es capaz de lastimarse, de dañarse a sí misma y olvidarse de su propio bienestar. Lo peor es que tú eres tan como la mierda que no le agradeces, no le correspondes y no la cuidas, es un lazo que no es recíproco… y si hay algo que odio desde lo más visceral es la falta de reciprocidad, en todo orden de cosas. Sin embargo, ser recíproca en esta relación con mi insulina no sería fácil para nada.

Empecé a tomarme sagradamente mi pastilla de Metformina cada noche, pero eso no bastaría. Era tiempo de cambiar mis costumbres y ese fue el golpe más bajo de todos. De a poco comencé a dejar el azúcar añadida. Nunca he sido fanática de las bebidas gaseosas y si las tomo alguna vez, es en poca cantidad. Eso no era suficiente. En los almuerzos el jugo lo cambié por un vaso de agua, mi consumo de dulces bajó considerablemente y solo los fines de semana me permití desordenarme. Con respecto al chocolate, el panorama fue por el mismo lado. Una barrita comenzó a durarme semanas y no solo unos días. Incluso una de mis galletas favoritas comenzó a parecerme más dulce de lo esperado. El problema fue que algo se me hacía más complicado: dejar el azúcar granulada a la hora del té o café. Al principio, a regañadientes, fui agregando stevia, pero muy pocas gotas. No me gustaba ni me gusta mucho. Mi cara de rechazo y asco era evidente y mi familia lo notaba. Lo que ellos no sabían era que “mi verdadera procesión iba y va por dentro”. Mi ánimo se fue al suelo y la idea de recuperarlo sin dulzor me resultaba difícil, terrible. Eso que mi consumo de azúcar tampoco es de un nivel descomunal ni espantoso como el de otra gente que conozco.

Hasta hoy me da pena pensar en aquellas costumbres que he dejado atrás. Me ha costado regular mi estado anímico. Creo que junto con el aguante de mi gente, tendré que conversar con el nutriólogo y mi terapeuta, aunque suene achacoso, pero me resulta más que necesario. Yo era de las que usualmente andaba con algún caramelo o golosina en la mochila. Hoy son otros los alimentos que me acompañan. No me prohibieron el azúcar de manera tajante, pero sí me advirtieron que si no me cuido, puedo terminar mal y, entonces, no habrá vuelta atrás. Este diagnóstico es una alerta que no puedo ignorar, es la antesala a la tan temida diabetes, es la oportunidad que la vida te da para que decidas qué quieres en realidad. Yo quiero cuidarme, respetar y valorar el esfuerzo que mi insulina hace por mí. Es más, aunque suene re pelotudo para algunos, cada vez que como algo con azúcar, desde mi mente trato de transmitirle calma a mi insulina, pidiéndole que no se alborote. Ojalá me hubiese vuelto así de amorosa y consciente también con mi menstruación, pero eso sí que es imposible. Cada vez que me llega la maldigo, la puteo y la culpo por hacerme sentir tan miserable, débil y asquerosa. Yo creo que por eso, ella se venga de mí. La diferencia es que la insulina ha estado apañando desde siempre y la necesito. A la regla no y como me estorba y molesta, me la voy a cortar para que no regrese hasta que realmente me traiga una utilidad, pero eso es tema aparte.

Durante este tiempo he aprendido mucho, más de lo imaginado. La resistencia a la insulina es una enemiga silenciosa, pues no se manifiesta exteriormente. Mi peso está bien, eso no tiene nada que ver. Aquí no podría cambiar una conocida canción por algo como esto:

“La pinta es lo de menos, vos sos un insulino resistente bueno.”

No, ni cerca. Se trata de una advertencia que corre por dentro y que te amenaza, que te puede dar donde más duele, pero que al mismo tiempo, te enseña. A mí me ha enseñado que hoy mi insulina es mi foco de atención principal. Ok, no debo despreocuparme del resto del cuerpo, pero hay puntos que requieren más cuidado. Hoy entiendo que la Romina de hace unos meses no es la misma que la de hoy, aunque suene exagerado. He tomado una decisión clara y no hay vuelta atrás: si bien, mi meta es revertir la resistencia a la insulina, aunque esta se vaya, no quiero volver a mi antiguo modo de vida.

Lo bueno es que, al final, es mejor ver el vaso medio lleno, pero cuesta mucho. He conocido a gente que se preocupa de estos temas y comparte sus conocimientos. Yo he optado por reeducarme y en eso estoy.  Voy aprendiendo que se puede endulzar el día a día de otras maneras. Me han hablado de la tagatosa y recetas varias que tengo en consideración. Esto no está perdido. ¿Lo triste? Sé que hay gente mucho peor que yo y me duele ver que socialmente, quienes decidimos evitar el azúcar por salud o quienes no pueden consumirla derechamente, no estén y no estemos contemplados siempre. No todos los restaurantes, cafeterías o pastelerías tienen opciones sin azúcar para elegir y eso es fuerte. Es como si no te tomaran en cuenta, cuando en realidad también queremos y tenemos derecho a disfrutar de aquellos detalles dulces de la vida. Hace un tiempo esto jamás hubiese sido tema de preocupación para mí. ¿Por qué tendría que haberlo sido? La respuesta es clara y aunque suene fuerte y hasta egoísta, es verdad: uno se empieza a preocupar y a hacer más consciente de ciertas cosas cuando a uno le tocan de cerca y, directamente, le afectan. Cuando pasaste a la vereda del que no está contemplado en el menú, porque supuestamente la gente que no come azúcar “es poca” y eso “no vende”. ¡Cuánta mentira!

He llorado y me he visto pésimo, pero sigo adelante. Mis últimos exámenes, aunque no han sido 100% exactos me muestran que mi insulina ha bajado y se nota. Es más, incluso lo he visto en mi peso y en mi nivel de aguante. Puedo estar en la mesa frente a mi mamá que come manjar y no desearlo como antes. El azúcar granulada en el té ya no es tema (incluso puedo tomarlo sin stevia) y con el café optaré por la tagatosa. Hay alternativas, aunque no sean masivas. Hay lugares que se acuerdan de nosotros, pero hay que buscarlos. La próxima vez que vaya a la capital con mi hermana o con mi fiel amigo santiaguino, seguro que el recorrido será distinto si se trata de ir por algo dulce. Y es que la palabra “resistencia” puede llegar a ser hermosa, inolvidable y necesaria, excepto si se trata de la resistencia a la insulina. No acostumbro a escribir sobre temas de salud, menos en mi blog, pero necesitaba hacerlo. Creo que es un modo de vaciar lo que hay en mi corazón, de acariciar mi ánimo que aún no se acostumbra del todo a esto. ¿Y por qué tanta pena?, ¿por qué ha dolido tanto dejar mis costumbres de antes? La respuesta puede ser desgarradora, pero es cierta. Yo no quería escucharla, pero me la dijeron. Esto es como estar en rehabilitación, sin mentir. El azúcar, después de todo, puede resultar aún más adictiva y dañina que la misma cocaína. Yo no estoy dispuesta a hundirme de nuevo, menos a caer más allá de un fondo que no quiero tocar.




viernes, 17 de marzo de 2017

Acoso Sexual Callejero: No exageramos, es la realidad


Este 17 de marzo me levanté con una idea fija: escribir sobre aquello que muchas mujeres callan y que otras tratamos de expresar con miedo y rabia, siempre exponiéndonos a que minimicen esta realidad.
En un día como hoy, hace dos años, el proyecto de Ley de Respeto Callejero ingresó al Congreso. Sin embargo, este hasta ahora se encuentra dormido y estancado, mientras que el acoso callejero sigue siendo parte del diario vivir de tantas mujeres. De verdad, yo me pregunto, ¿qué más tiene que pasar para que de una vez este proyecto se lleve a cabo?

¿Y por qué no decirlo? Es insólito que se tenga que llegar a esto para que podamos transitar tranquilas por las calles. Qué lamentable que se deba establecer una ley para hacer algo tan básico como debería ser caminar sin miedo.

Hace algunos días, por redes sociales, tuve la oportunidad de leer el testimonio de una joven que iba rumbo al metro tomando helado, cuando un tipo le susurró en el oído un comentario de evidente connotación sexual: “Oiga, qué le gusta chuparlo, mijita.” Javiera, la víctima de este hecho, comenzó a gritar a viva voz y lo increpó. El problema es que no todo quedó ahí, sino que a esto se sumó un hombre de terno, con clara apariencia de ser del barrio alto, quien la trató de histérica, de loca y, peor aún, se atrevió a decirle que si el tipo del asqueroso susurro hubiese sido “rico y guapo” ella estaría “muerta de la risa”. Ante esto, Javiera se defendió y derramó su helado en la ropa del “terneado”. Él comenzó a gritar, pero la joven dio el golpe final con un certero comentario: si él la encontrara guapa o rica, él estaría riéndose.

La experiencia relatada anteriormente sirve de ejemplo para visibilizar una realidad que ocurre todos los días en la vía pública y las mujeres estamos expuestas a esto. En este caso, Javiera se defendió, pero lamentablemente aquello no suele suceder. Muchas mujeres callan ante estas agresiones, yo también lo he hecho: por miedo, por quedar tan intimidada al punto de no poder sacar la voz, por vergüenza, por no querer quedar ante el resto como una “cuática o histérica”.

Aquellos que nos dicen que “le damos color” al levantar la voz frente el acoso callejero, dejan en evidencia lo decadente y miserable que puede llegar a ser esta sociedad. Cuando ponemos en el tapete estos actos violentos no exageramos, sino que nos empeñamos en mostrar una realidad que muchos no quieren ver.

Eso de que “los piropos son algo bonito, parte de la picardía del shileno y deberíamos estar halagadas y agradecidas de recibirlos” no es más que una mentira para seguir perpetuando una costumbre que debe desaparecer. El Acoso Sexual Callejero también forma parte de los distintos tipos de violencia dirigidos hacia nosotras. Y no, no exigimos respeto “por ser mujeres”, sino por ser personas, tal como los hombres. ¿Tanto les cuesta entender a algunos?

Voy a citar una parte un estudio realizado por el Observatorio Contra el Acoso Callejero (OCAC): “Las mujeres jóvenes son el grupo más vulnerable, pues 97% de ellas ha sufrido acoso en el último año, la mitad por lo menos una vez a la semana y dos de cada 10 con frecuencia diaria.”
El estudio al que se hace referencia fue realizado hace dos años y, por lo tanto, se hace necesario volver a mencionar que, según el OCAC: “Desde que el proyecto de ley ingresó al Congreso, el 17 de marzo de 2015, hasta el día de hoy, han ocurrido más de 30 millones de acosos sexuales en espacios públicos solo en la Región Metropolitana”.

¿Acaso no es indignante? Con un nudo en la garganta y en el estómago, más de una vez he tenido que escuchar y leer brutalidades como: “Es culpa de ellas, porque andan provocando. ¿Qué quieren, entonces?” Hace solamente unas horas, leí el comentario de un tipo que escribió en redes sociales, luego de la publicación de una noticia sobre la importancia del Respeto Callejero. Al principio, creí que él hacía una broma de pésimo gusto. En realidad, no fue así, solo lo quise creer. El macho en cuestión escribió que el acoso “Es culpa de las putas que nos quieren calentar a nosotros, los chicos buenos.” Junto a eso, también añadió: “Debería existir también una ley que castigue las transparencias y escotes (…) Eso también es acoso hacia nosotros, los hombres.” (Estas citas las traté de adaptar, pues los comentarios originales tenían errores ortográficos) ¿Cómo es posible que todavía tipos como él tengan el descaro de creer eso?

Quiero destacar, espero que quede bien claro, que la violencia de género (en este caso, el Acoso Sexual Callejero) jamás es ni será culpa de la víctima. El único culpable de la violencia, de cualquier tipo, siempre va a ser únicamente el agresor. Nadie más. A los machitos que juran que nos vestimos para provocarlos y exponernos gratuitamente, por favor, desechen la idea de falocentrismo que tan arraigada tienen.

El Acoso Sexual Callejero traspasa las barreras referentes a las edades, clases sociales y lugares donde vivimos y nos desenvolvemos. Este no es exclusivamente verbal. Por ejemplo, también se incluye lo no verbal (miradas, sonidos), físico, registro audiovisual hasta los casos más graves.
 Los machos cobardes están acostumbrados a que nosotras recibamos dicho acoso en silencio, para que así ellos puedan seguir haciendo y deshaciendo, ejerciendo un poder que nos sigue violentando. Vuelve a mi memoria el testimonio de Javiera, la joven que mencioné anteriormente. Al recordar su actuar frente a aquel par de machistas, regresa a mis ideas aquella consigna que expresa fuerte: “Ninguna agresión sin respuesta.”



(Imagen: OCAC)




martes, 7 de marzo de 2017

Sobre el Día Internacional de la Mujer y lo que se suele silenciar


Nuevamente, nos encontramos frente a un nuevo Día Internacional de la Mujer. Desde que tengo memoria, he podido apreciar que su verdadero significado se ha moldeado a voluntad de quienes ven en esta fecha un motivo de consumo y de pura celebración. Sin embargo, a muchos se les ha olvidado lo que realmente se conmemora este día. (Sí, se conmemora y no se celebra) Este 8 de marzo se recuerda a todas esas mujeres que quedaron marcadas en la historia al luchar por aquellos derechos que les fueron tanto tiempo negados, incluso hasta dar sus vidas por lograrlo.

Es cierto que con el paso de los años y una lucha constante y muy ardua, se han ido alcanzando derechos que históricamente para nosotras alguna vez fueron inexistentes. Sin embargo, esto no ha terminado. “¿Por qué?”, seguramente, se preguntarán algunos.

Actualmente, las mujeres seguimos siendo las más vulneradas en un sistema que sigue siendo patriarcal. En otras ocasiones, cuando he planteado esta idea, han sido hombres los que se han alterado ante esta afirmación. Evidentemente, no se trata de todos, pero hay varios que no soportan que la violencia de género se haga visible. Esto lo manifiestan de distintas formas, ya sea mediante burlas o una molestia que les cuesta contener. ¿A qué se deberán estas reacciones? Creo que algunos no soportan que se cuestionen sus privilegios. Ya comprenderán a qué me refiero.

Son bastantes los que este 8 de marzo llenarán las redes sociales con mensajes de “¡Feliz Día de la Mujer!” o saludarán cariñosamente a las mujeres que los rodean, incluso les harán regalos. Ante esto, yo me pregunto si de verdad sirve que reconozcan el rol y el valor de las mujeres una vez al año, cuando son muchos quienes durante lo que queda de calendario promueven o son cómplices de la violencia de género, esa que a nosotras nos subordina de distintas maneras.

Aprovechando que esta es una fecha que invita a la memoria y a la reflexión, quiero hacer mención a aquella violencia anteriormente referida. No existe solo un tipo de esta, sino que son muchas. Usualmente, se condena a nivel social la violencia física hacia las mujeres, desde los golpes hasta los femicidios. ¿Y qué pasa con aquellas acciones que cotidianamente nos afectan y para muchas personas pasan desapercibidas? Por ejemplo, la violencia psicológica al no dejar huellas pareciera que  es invisible socialmente. Continuaré señalando que también estos actos violentos se encuentran en planos como el laboral, sexual, económico, obstétrico y simbólico. Como se puede apreciar, es una lista de aspectos presentes en nuestras vidas en los que muchas veces el miedo nos invade, nos paraliza y nos derrumba, llegando al punto de hacernos creer que nosotras somos las culpables de que nos vulneren.

En el último tiempo ha salido a la palestra la evidente existencia del Acoso Sexual Callejero. Quienes lo hemos vivido sabemos bien que es una realidad y en su gran mayoría nos afecta a nosotras. Ante esto, muchos hacen comentarios tan desacertados como: “Eres una exagerada.”, “Es tu culpa, porque te vistes muy provocativa”, “Deberías estar agradecida porque te encuentran rica”, “¿Y por qué los hombres no podemos tener libertad de expresión y decirles los piropos que queramos?”. Así, el listado suma y sigue, tristemente, mientras algo tan cotidiano como salir a la calle puede resultar una situación que nos llena de temor, porque no tenemos esa tranquilidad y respeto que no tendríamos por qué exigir en campañas o diversas manifestaciones.

A las mujeres que me hayan leído, mi más profundo respeto y admiración. Esta fecha es mucho más que un “Feliz Día”, por lo que debemos seguir luchando juntas. Muchas veces nos han hecho creer que debemos competir, que entre nosotras somos rivales, pero no es cierto. Queda camino por andar y construir. La lucha del diario vivir está presente y debemos continuarla en nombre de tantas mujeres que incluso dieron sus vidas por querer un mundo más justo, en el que mujeres y hombres seamos compañeros y ninguno sea superior al otro. Eso es lo que quiere el feminismo, concepto tan temido y rechazado por muchos que lo desconocen.

A los hombres que hayan llegado hasta estas letras, recordarles que no hace falta colmarnos con saludos ni regalos este 8 de marzo, que lo más importante es que nos respeten por ser personas tal como ustedes. Parece algo muy elemental, pero están los que hasta hoy nos cosifican y nos ven como territorio de conquista, como una pertenencia más. Ustedes a lo largo de la historia han sido la voz predominante en la esfera pública. Hagan el cambio desde esos espacios en los que se desenvuelven.   
A ustedes no los matan, golpean ni violan “por el hecho de ser hombres”, no reciben un salario más bajo por hacer el mismo trabajo de una mujer. Tampoco son las principales víctimas del Acoso Sexual Callejero y las isapres no les cobran más porque son hombres. ¿Acaso todo lo anterior no los inquieta? Cuestionen  esto e indígnense ante esta injusticia también. Expreso estas palabras desde la tristeza de tener que ver que aún falta tanto para que esta sociedad sea igual y equitativa para mujeres y hombres, pero desde las ganas de seguir adelante en conjunto para lograrlo, a través de palabras y acciones.






jueves, 29 de diciembre de 2016

Sobre la historia que muchos no soportan escuchar: Historia Secreta de Chile 2


Si hay algo más que sabido es que nunca vamos a darle en el gusto a todo el mundo. Esto último lo he aprendido aún más claramente, desde que comencé a trabajar con las palabras. Y si de palabras y narraciones hablamos, hay alguien que sabe esto muy bien: me refiero al autor del libro que hoy comentaré.

Voy a volver a lo que he dicho en otras ocasiones y que para algunos puede ser una majadería: no soy parte de ese grupo de insoportables que se hacen llamar “críticos literarios” y que desde su pedestal destruyen a sus compañeros escritores cada vez que pueden. No soy esa clase de basura y lo recuerdo siempre, en caso de que lleguen lectores nuevos(as) hasta este espacio.

Ok, sigamos. Aunque el libro que hoy me lleva a escribir fue publicado hace meses, no podría terminar el año sin contar cómo fue para mí esta lectura. Se trata de “Historia Secreta de Chile 2”. Personalmente, puedo decir que soy lectora de Jorge Baradit desde antes de que causara tanto revuelvo con sus dos libros de “Historia Secreta de Chile”. Recuerdo que supe de él y su obra en un taller literario en el que participé en Balmaceda Arte Joven. El profe que impartía el taller (hoy amigo y colega escritor) nos habló de la novela “Synco”. Me acuerdo que desde esa ocasión me llamó la atención esa propuesta de unir uno de los episodios más cruentos de nuestra historia nacional con la ciencia ficción. Después vino “Lluscuma” y así.

Mis disculpas si me disperso, pero en el caso puntual de los dos libros correspondientes a “Historia Secreta…” hay mucho que comentar. Y es que la temática y los personajes tratados en ambas obras traspasan las páginas y la lectura. Se trata de acontecimientos que son parte de nuestro relato como país, pero que pocos se han atrevido a poner sobre la mesa. ¿Y por qué tanto alboroto ante la afirmación de que, efectivamente, existe una historia de Chile que no se narra abiertamente? Cuando Baradit publicó estos libros, distintos personajes de nuestro presente salieron a expresar su bronca, entre ellos, historiadores. Según mi percepción (me hago cargo de ella), se trata de ese sentimiento que surge cuando sientes que tu pedestal privilegiado se ve ¿“amenazado”? Me imagino, porque, al menos yo, nunca me he sentido posesionada desde un rol así. ¿Tanto podría molestarles a esos intelectuales que aquel relato desconocido de nuestra historia se masificara entre muchos lectores y lectoras? Pareciera que sí, pues se nota que sintieron que este escritor se estaba metiendo en un territorio que “no le correspondía”, seguramente. Y no. La bronca a Baradit no se detuvo aquí, ya que ciertos exponentes del pensamiento conservador de Chile no soportaron ver la imagen de sus “héroes” tan expuesta. Los mismos que reventarían al escuchar que nuestra Alameda en Santiago debería llevar el nombre de José de San Martín y Matorras en lugar de Bernardo O’ Higgins. ¡No, olvídenlo! Para ellos sería un atentado a su espíritu nacionalista.

Son varios los relatos que aparecen en “Historia de Chile 2” y sé que si me detuviera a comentar cada uno, este escrito se extendería más todavía. Voy a referirme a algunos. Así, de paso, quienes aún no han leído el libro podrán encontrarse con más sorpresas.

Quiero partir con un episodio que tuve la oportunidad de conocer más profundamente en mi época universitaria en el Pedagógico. Se trata de la Masacre del Seguro Obrero, un acontecimiento que en nuestra historia ha pasado desapercibido muchas veces. Asumo que yo no tenía idea de esto y recién supe de dicha masacre en una clase de Literatura Chilena, mientras el profesor nos hablaba de la obra del escritor Carlos Droguett. Fue gracias a algunos libros de este narrador, quien también fue amigo y compañero de algunos jóvenes asesinados, que pude acceder a más información. Tanto llegó a marcarme la obra de Droguett y el hecho de la masacre, que decidí hacer mi tesis sobre esto, para optar a mi título de profesora de Castellano el año 2014. Sentí que rescatar la literatura de Droguett y el episodio del Seguro Obrero se convertía en una necesidad histórico – literaria y  para mí se volvió una misión que estuve dispuesta a asumir. Nótese que no comparto la ideología que llevó a estos muchachos a realizar un intento golpista que terminó con la mayoría de ellos asesinados. Ellos no eran “nazis”, sino nacistas, pertenecientes al Movimiento Nacional Socialista de Chile y, efectivamente, se inspiraron en el nazismo alemán desde ideas como el concepto de lo nacional o de la economía, por ejemplo, pero también discrepaban en lo correspondiente a lo racial. De todos modos, comparto mi impacto al saber que en 1938 hubo una masacre dirigida a un grupo de jóvenes que durante mucho tiempo permaneció en silencio, si hablamos desde la historia que nos han enseñado institucionalmente. Cuando yo era escolar jamás vi en un libro de Historia que se hablara de este hecho. Algunos años más tarde, en otro libro de Historia que tenía mi hermana menor, encontré un par de párrafos breves que mencionaba lo ocurrido.  Parece mentira que lo que, en ese entonces, era el Seguro Obrero, lugar que quedó lleno de sangre, muertes y bestialidades, hoy sea el actual edificio del Ministerio de Justicia. Las veces que he pasado por ahí, la sensación es estremecedora.

Otro aspecto que quiero rescatar se encuentra en dos capítulos diferentes, pero que tienen importantes puntos en común: niños, cerros, sacrificios. Se trata de épocas y culturas diferentes, pero los hilos conductores son similares. En un capítulo se menciona el sacrificio de un niño en 1960 en Puerto Saavedra. ¿El motivo? Entregarlo como ofrenda a sus dioses para que el cataclismo que estaba remeciendo al pueblo se detuviera. Según la machi que llevó a cabo esto, cuenta el relato “para un gran mal se emplea un remedio muy grande” y sacrificar un animal, en este caso, era muy poca cosa. Por otra parte, se presenta la historia de otro niño, esta vez, en el contexto incaico. Fue el elegido para algo… importante. Otra vez, la imagen de una infancia que se vuelve todo un simbolismo. Otra vez, los sacrificios y el significado que tenían para estas culturas. ¿Y qué importancia tienen estos hechos para nosotros en la actualidad? Esa  reflexión queda en cada lector.

Podría seguir escribiendo sobre cada capítulo leído, pero entiendo que esto se extendería aún más. Podría contarles acerca de las brutalidades que se cometieron en contra de los selk’ nam, a través de la existencia de zoológicos humanos. ¿Y por qué la historia oficial no nos muestra esto? ¿Qué creen ustedes?
También podría recordarles algo que ya considero sabido y que me recuerda mis días de universitaria. Con algo de vergüenza puedo decir que solo en ese entonces supe que Pinochet no fue el líder del golpe de estado de 1973, ya que en el colegio jamás me lo dijeron (Y eso que tuve a dos profesores de Historia admirables)

Sin embargo, no puedo concluir este escrito sin detenerme en un capítulo desgarrador. Se trata de “La niña de Portales” y es uno de los que más se quedó en mi memoria. En medio de varios relatos donde predomina la presencia de hombres, este capítulo deja una huella para no olvidar. Aquí se rescata la historia de una mujer oprimida, violentada de distintas maneras y que, tal como dice el nombre, se nos presenta como “la niña de…” porque tristemente eso fue. Una de las tantas mujeres cosificadas en nuestra historia, ignorada y que hoy regresa en este libro para mostrarnos la miseria humana que existe de parte de distintos personajes opresores. Aquí se muestra a Portales desde una faceta silenciada, que para muchos resulta insoportable de escuchar o leer, porque no toleran que se desprestigie así a ese que hasta hoy consideran todo un héroe. Y no olvidemos que, en la actualidad, Portales sigue teniendo un espacio destacado, siendo un hombre admirable para varios y que sigue teniendo tribuna en los libros de esa historia impuesta que nos enseñan y en instituciones que llevan su nombre. ¿Y qué pasó con Constanza Nordenflycht, la llamada “niña de Portales”? Solo diré que no se trata de la primera ni de la última mujer que ha creído en el tan nocivo amor romántico, ese que incluso en nuestros tiempos nos quiere hacer creer que necesitamos y dependemos de un hombre que nos rescate y nos dé la felicidad que no podemos vivir por nosotras mismas. Ese amor romántico que, sin exagerar, nos puede terminar matando.

Ya casi terminando, vuelvo a destacar la valentía que ha tenido Baradit al rescatar aquellos episodios de los que hemos quedado ajenos como sociedad. Sé que puedo estar cayendo en mi subjetividad de lectora, pero eso creo. Este autor se aventuró a entrar a un terreno que, aunque a algunos les moleste leerlo, les pertenece solo a algunos privilegiados. A esos que nos cuentan la historia que ellos quieren que sepamos desde la imposición, donde los protagonistas son aquellos personajes heroicos a los que hasta hoy se les rinden honores. Distintos historiadores e integrantes de la clase conservadora de Chile se han ido en contra de Jorge Baradit porque, claramente, se han sentido amenazados desde ese pedestal de privilegios del que ya he hecho mención. ¿Por qué? Porque, aunque no lo digan explícitamente, lo demuestran. A ellos no les conviene que se cuente esta Historia Secreta, pues eso da lugar a que se genere una visión crítica en la sociedad chilena. Una visión que a ellos los desmorona de a poco, al verse expuestos y cuestionados.

Al final, me queda expresar un punto que me parece más que necesario: dentro de esta Historia Secreta hay otros relatos y personajes que aún permanecen pendientes, creo yo. ¿Dónde están aquellos grupos que durante años han estado y siguen estando invisibilizados y menospreciados?, ¿qué ocurre con la opresión y las luchas que históricamente han dado los y las indígenas, homosexuales y mujeres? Confieso que algo leí en un diario nacional y, al parecer, el autor no ha quedado indiferente a esto. Es más, se me hace inevitable no referirme a la temática de género en especial, al hablar de historia. Sobre todo porque, tal como ya he dicho, la historia que nos imponen desde la educación tradicional ha sido enfocada principalmente en torno esos hombres blancos, heterosexuales y dominantes. 
Ojalá que si, efectivamente, existe una tercera parte de Historia Secreta de Chile el autor se refiera a estos personajes marginados, pero que han tenido un valor que lamentablemente hoy se desconoce.

Me hubiese gustado escribir todo esto mucho antes, a pesar de que esta segunda parte se estrenó este 2016. Sin embargo, dicen que nunca es tarde, así que siempre va a ser tiempo para ser parte de este conjunto de relatos que desde el poder han querido ocultarnos como país. Y aunque los defensores de la historia tradicional e impuesta griten, revienten y ataquen, ya es tarde. Existe una Historia Secreta de Chile y este autor, a través de su narrativa, ha logrado masificarla y remecer a muchos lectores (y sectores). Mientras tanto, no queda más que esperar a que esto se convierta en una trilogía. Estaré pendiente desde mi rol de lectora.





jueves, 15 de diciembre de 2016

Somos nosotras (Palabras del 25 de noviembre)


Las palabras que leerán a continuación fueron escritas para el 25 de noviembre de este año, por motivo del Día Internacional de la Eliminación de Violencia contra las Mujeres. Nuevamente, tuve la oportunidad de compartir esta lectura con la gente bonita de mi comuna (Melipilla) Creo que, aunque pasen las horas, días, semanas, meses, es necesario reflexionar y luchar, porque lamentablemente, esta violencia sigue presente a través de distintas manifestaciones, en Chile y el mundo. 



" Tiro las letras, pero no escondo la mano. Otra vez estoy aquí, para contarles aquella historia que muchos no quieren escuchar: porque tienen miedo de perder sus privilegios, porque no soportan verse amenazados ante nuestras voces alzadas, porque la verdad es un espejo en el que varios no son capaces de mirarse.
Tiro las letras y, junto a ellas, mi tristeza y mi rabia profunda. Soy esa que no cree que las palabras se las lleva el viento, sino que llegan aún más lejos. Por eso, me encuentro aquí. Porque las palabras son compañeras de lucha, son gritos, son nuestras voces reunidas. Las palabras son las que hoy me invitan a recordarles la cruel realidad que día a día vivimos las mujeres.

Somos nosotras las que a diario nos vemos enfrentadas a la violencia de género, a través de insultos, humillaciones, golpes y femicidios, en los espacios privados y públicos.
Somos nosotras las que sentimos que caminar por la calle es un acto de valentía y no una situación como cualquiera, porque nunca sabemos cuándo puede venir un macho y violentarnos. Porque siempre existe la posibilidad de salir y no regresar.

Somos nosotras las que estamos condenadas a cumplir con los mandatos de esta sociedad machista, siendo madres, esposas, trabajadoras perfectas. Mujeres perfectas, por dentro y por fuera. Y si no cumplimos esto como lo ordena el sistema, se nos enjuicia hasta el cansancio.

Somos nosotras las que hemos sido calladas e ignoradas en el transcurso de la historia. Somos y estamos juntas, excepto una. Una que, al parecer, no se conmueve ni se indigna con todos los casos de violencia de género que existen en nuestro país. Una que no ha cambiado su discurso, que sigue igual y que teniendo gran poder, nos sigue agrediendo con su indiferencia y su silencio: ella se llama “Justicia Chilena” y hasta hoy me sigo preguntando si alguna vez se sumará de cuerpo entero a nuestra causa.

Somos nosotras, somos tantas. Las mujeres, las trans, travestis. De distintos pueblos, orígenes y edades. Somos todas, sin distinción, las que seguimos llenando espacios y que no volveremos a callarnos, aunque los machistas se indignen al ver que su rol omnipotente se derrumba. ¡Y que alguien se atreva a llamarme “feminazi” por arrojarles estas verdades en la cara!

Soy la que tira las letras, pero no esconde la mano. Somos nosotras, somos tantas, somos todas."


#NiUnaMenos #NuncaMás





jueves, 24 de noviembre de 2016

"M": Un grito necesario en contra de la Violencia de Género



Recuerdo que estaba en el Centro de la Mujer de Melipilla, cuando recibí la invitación. Estaba con mis otras compañeras que, al igual que yo, son Monitoras en Prevención de Violencia contra las Mujeres. ¿De qué se trataba? El título de dicha invitación se resumía ante nosotras en solamente una consonante, pero con significados innumerables: “M”. Así nos dijeron que se llamaba esta obra de teatro, traída a esta comuna con el siguiente motivo: el 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de Violencia contra las Mujeres.

Jueves 24 de noviembre, Melipilla: Ya llegado el día, nos encontramos. Antes de continuar, quiero aclarar que lo que leerán próximamente son mis impresiones y no una crítica especializada que suele hacer esa gente odiosa que escribe en algunos medios escritos. Perdón, pero mis lectores y lectoras que ya me conocen desde antes, saben que les tengo bronca a esos personajes. De acuerdo, continuemos.

Si hay algo que quiero destacar en la obra, dentro de muchas cosas, es la multiplicidad de facetas que se abarcaron en su transcurso. A través de un monólogo, pudimos apreciar a distintas mujeres representadas por la misma actriz. Y no solamente se mostraron distintos roles de mujeres, sino que también la violencia que recibe la mujer en los distintos espacios: en lo público y en lo privado.
Desde la ironía, la fuerza y la claridad del discurso, se pueden reconocer diferentes situaciones que, lamentablemente, no son ficción, ya que siguen siendo hechos cotidianos y que hasta hoy nos siguen violentando como mujeres y como sociedad.

Hay una mujer oprimida, que para hacer algo tan simple como ir a una peluquería, debe hacerlo escondida para no ser descubierta por su marido, el agresor. Aquí se ve a una mujer que aparentemente es muy feliz con el papel que desempeña, aislada y sin sentirse capaz de asumir que es una víctima. ¿Acaso no es esta una realidad? ¿Cuántos casos así hay, en los que la víctima se siente avergonzada, atemorizada, atada a una relación por distintos motivos y opta por callarse y mostrar una careta ante los demás?

También se puede ver a una reina de belleza, esa que defiende el lugar que ha obtenido gracias a los típicos estereotipos impuestos por una sociedad machista. Aquella mujer que ha crecido con ideas patriarcales que asume como naturales, como el hecho de crecer para convertirse en una reina en todo sentido, incluso de la casa, siendo prácticamente una muñeca de su marido. Se trata de esa mujer que naturaliza el machismo y que no hace propia la lucha de género. Cuando habla de las feministas, se refiera a ellas (nosotras) con expresiones como “esas son feas, les falta pico, son tortilleras, etc.” Ojalá pudiéramos decir que esto no es más que ficción, tal como en la situación anterior. Claramente, hay un mensaje detrás de ese discurso entregado: aún hay quienes tienen esas creencias erróneas, cuando la realidad es que las personas feministas no odiamos a los hombres, sino que buscamos la equidad.

¿Y creen que el machismo solamente se ve reflejado en la esfera privada, mi querida gente lectora? Hay una profesora de Historia que, en medio de su clase (dirigida hacia nosotros, los espectadores(as)) se ve sumida en un quiebre al ver que la historia que nos han enseñado en los colegios, liceos y escuelas ha sido escrita y relatada por hombres. Hombres blancos y heterosexuales, que, haciendo un parafraseo: “no contemplaron en su lucha a indios, negros ni a las mujeres.” Se cuenta la historia de ellos, de esos hombres triunfadores. Se citan episodios como la Independencia de Chile y la Ilustración, en la que se destaca siempre la presencia de esos hombres privilegiados. Sin embargo, un sonido inquietante que llena el teatro nos arroja una pregunta esencial: “¿Y las mujeres dónde estaban?” Es una interrogante necesaria, sobre todo para el sistema tradicional de educación. Fueron muchas las mujeres que lucharon en aquellos años, pero fueron borradas del relato histórico- oficial. ¿Los programas educativos pensarán rescatarlas algún día?

Finalmente, nos vemos ante una estudiante que llena el espacio con su discurso potente, claro y directo. Nos lleva a cuestionar las típicas consignas que hemos escuchado durante años. ¿Para qué pedimos educación gratuita y de calidad, si no se está contemplando la temática de género en ella? También, se nos presenta el estereotipo constante que nos dice que “los hombres son para la Matemática y las mujeres, para el Arte.” Quiero hablar sobre esto último desde mi experiencia. Lo hago aquí, ya que no alcancé a plantearlo en el Conversatorio realizado después de la obra. Soy escritora y la literatura es un arte. Sin embargo, se trata de un arte dominado por hombres y me atrevo a decir que he conocido a varios de ellos que son machistas. Algunos no lo asumen, porque es mal visto, claro. Que uno de ellos te diga que “para poder publicar tu libro vas a tener que acostarte con un editor”, ¿acaso no es violento? Publiqué mi libro, no me acosté con nadie y para publicar mi segunda novela tampoco lo haré. Sin embargo, hay que seguir lidiando con esos “micromachismos literarios” y continúo en eso, aunque me agote a ratos.


¿Qué más podría expresar para dar un cierre a estas palabras? Me siento agradecida de quienes hicieron posible esta presentación, aunque suene cliché, pero considero importante escribirlo. Agradecida y cada día más consciente de nuestro rol como mujeres, de nuestra lucha constante y ojalá mucha más gente pudiera ver esta obra. Se trata de un grito necesario. Un grito que es imposible ignorar, una vez que lo has escuchado.





jueves, 20 de octubre de 2016

Por eso voy a contarlo

A la gente lectora que llegue hasta aquí:

Les dejo un abrazo y mis saludos y l@s invito a leer estas palabras. El relato que leerán a continuación corresponde a una lectura que realicé a viva voz, como intervención en la manifestación "Vivas nos queremos", con el motivo de alzar nuestras voces para visibilizar la violencia que cada día sufrimos las mujeres en Chile y en el mundo. 
Esta lectura la hice ayer miércoles 19 de octubre, en la Plaza de Armas de Melipilla, comuna que me vio crecer y en la que vivo, escribo y lucho actualmente. Debo decirlo: esta fue una de las lecturas más dolorosas que he realizado en mi camino de escritora, pero también de las más necesarias. Esta vez era mi voz, no la de un@ de mis personajes narradores (as) contando una historia de ficción. 
La energía y las emociones vividas aún las tengo en mis sentidos. Ver a tanta gente reunida me dio esperanza para seguir luchando por esta causa. Agradezco a todas las personas que asistieron y a quienes, después de la lectura, me abrazaron y me acompañaron, en medio de algunas inevitables lágrimas, en nombre de las que hoy ya no nos acompañan.

"Por eso voy a contarlo" 

" Podría leer ante ustedes una historia bonita, de esas que tienen un final feliz y donde todos sus personajes son buenos. Podría leerles uno de mis relatos de ficción, mentirles, llevarlos por un momento a un cuento fantástico, pero no lo voy a hacer.

A quienes hoy me están escuchando, quiero contarles una historia. Me gustaría que fuese solo un invento, pero no lo es. Especialmente, a esos que nos llaman “exageradas” cuando alzamos la voz ante el maltrato. A esos que ocultan su machismo detrás de una máscara sonriente, porque tienen intereses que cuidar o porque aspiran a tener más poder del que ya tienen. A esos que justifican la violencia hacia nosotras, a quienes la normalizan y a los que además, se burlan de nuestra lucha, llamándonos “feminazis”. A esos que se sienten amenazados cuando les hablamos de violencia de género, porque les aterra la idea de perder sus privilegios.

Les quiero contar que vivo en un país donde no puedo hacer algo tan simple como caminar tranquila por la calle. No puedo, porque mi cuerpo, aunque no quiera, es de dominio público y me arriesgo a que cualquier macho se sienta con el derecho de acosarme, ya sea desde una palabra asquerosa hasta una violación o la muerte misma.
Vivo en un país donde las leyes no consideran todos los casos de violencia de género, en el que muchos se atreven a decir que la mujer es responsable del maltrato que recibe, ya sea en espacios públicos o privados.

En nuestro país, el número de femicidios sigue creciendo. En este listado, también podemos encontrar a mujeres melipillanas. Hoy, alzo estas palabras en nombre de cada una, porque ellas ya no pueden hacerlo. Hablo desde el dolor y desde la rabia, hablo desde la memoria que pide a gritos justicia y que no las olvidemos. Hablo por las que hoy no están, hablo por las que estamos y que seguimos luchando. Hablo por las que vendrán.

Quiero que llegue el día en que todas las mujeres de Chile y el mundo podamos andar tranquilas por la calle, recibiendo el respeto que merecemos. Que llegue el día en que ninguna más sea víctima de su pareja o de cualquier hombre “por el hecho de ser mujer”. Mientras tanto, mis palabras seguirán golpeando y llenando espacios, contando esta historia de violencia que lamentablemente se sigue escribiendo y que muchos aún se niegan a escuchar."

“Yo no quiero que esto quede en el olvido, por eso voy a contarlo.”


#NiUnaMenos






lunes, 17 de octubre de 2016

Porque no voy a callarme: #NiUnaMenos


A todas las personas que lleguen hasta aquí, les cuento que me propuse lo siguiente: recientemente, escribí un estado en mi Facebook, a modo de comunicado y quiero que llegue a mucha gente. Es importante, pues se trata de una realidad que muchas veces es ignorada y que yo no quiero que se menosprecie. Decidí publicarlo aquí también, ya que no todas las personas que me leen tienen acceso a mi cuenta de Facebook, pero sí pueden leerme en este espacio. Esto es lo que escribí:

"Gente lectora: Las palabras que hoy escribiré son más que necesarias. No solo para mí, sino que para tod@s, en especial, para algunos. A esos que con su desatino e ignorancia disparan expresiones como: “El concepto femicidio no existe, eso es un invento del lenguaje” o “El femicidio no existe legalmente”. A esos que no son capaces de asumirse como machistas porque tienen intereses que cuidar o una pomada que vender. A esos que predican paz, amor y espiritualidad para tod@s, pero que en la práctica son un fraude y un asco. A esos que nos llaman “feminazis” desde su ignorancia y desde su más profunda miseria humana, sin tener una minúscula idea de lo que es el feminismo e invalidando una lucha constante y fundamental para nuestra sociedad. A esos que cuestionan la forma en que se hace visible la violencia de género, queriendo seguramente que esto se haga con caricias y guantes de seda, pero que no son capaces de cuestionar el machismo por todos los daños causados. Especialmente, a ustedes, les quiero contar una historia que es verdadera, no una de mis creaciones literarias.

Este mes de octubre se cumple un año más del femicidio de Roxana Gutiérrez, una mujer que fue víctima de su ex pareja en la comuna de Melipilla. Sí, femicidio, ese es el concepto correcto, aunque a algunos no les guste y les reviente la idea de que esto se muestre como es REALMENTE. Yo trabajo todos los días con palabras, así que sé muy bien que el lenguaje crea realidades. Nadie podría decirme lo contrario.
El femicidio de Roxana ocurrió en el año 2011 y el culpable estuvo prófugo durante un año. ¿Lo sabían? Quizás, hay personas que lo recuerdan o que ahora se han enterado. Por eso escribo esto, porque no quiero que el recuerdo de esta mujer se vaya, porque quiero darle a la memoria el lugar que merece. ¿Quieren que les comente algo, gente lectora? Hace algunos meses, basándome en el femicidio de Roxana, escribí un cuento que tiene un valor muy especial para mí. Luego de pensarlo, he decidido publicar este relato y estoy preparándome para eso. Quiero que mis lectores y lectoras de Melipilla, del resto de Chile y también de otros lugares del mundo conozcan esta historia que, por cierto, no es la única que existe.

¿Acaso alguien podría sentirse “atacado” cuando escribo esto? ¡Claro que sí! Esos que destaqué en un comienzo como posibles receptores. ¿A quién podría enfurecerle que yo escriba estas verdades? A esos que son agresores y que no soportan que se les deje al descubierto. A esos que fomentan los distintos tipos de violencia, desde lo micro hasta lo macro. A esos que son cómplices y que ni siquiera son conscientes de ello. A quienes justifican el actuar de estos miserables que maltratan, que matan, diciendo: “Es que quizás qué hizo para que le pegaran/ la mataran” o “Es que ella se lo buscó” o “Es que ella se lo merecía”. Si algún lector que piensa así llega a estas palabras, quiere increparme o contradecirme, más vale que no se atreva porque no le voy a responder “con cariño ni consideración” y, además, me encargaré de hacerlo visible. De verdad, yo no sé cuál es el “problema” de la gente que piensa estas brutalidades: no sé si dudar de sus capacidades cognitivas o de su falta de voluntad al, simplemente, no estar dispuestos a entender NADA.

Callar agota y duele, gente lectora. Por eso, yo no voy a hacerlo más, aunque algunos no soporten esta idea. A todos esos imbéciles que nos llaman “feminazis”, los invito a dejar de decir esas pavadas, principalmente, en la esfera pública… ehhh… momento. Mi invitación no tendrá el efecto que busco porque esa gente no tiene capacidad de comprensión. ¡Ops! Perdón si algún aludido se ofende, pero a esos les llamo “imbéciles” “desde el sentido latino”. Se los aclaro para que “no se sientan violentados”.

¿Acaso alguien se preguntará por qué todo esto? Porque mi rol me lleva a escribir, a contar lo que a algunos les arde, pero que otras personas agradecen saber. Sí, escribo desde el dolor y desde la rabia que no existen “porque sí”. Porque, si fuera por mí, estaría narrando otras historias, pero me considero escritora mucho más allá de lo que pueda ser ficción. Ojalá que algún día pueda dejar de escribir sobre estos temas, sabiendo que todo ha terminado, pero hoy esa no es la realidad.

Al final, me quedo con lo que me da fortaleza y rescato lo que me da esperanza para seguir luchando. Me quedo con aquell@s compañer@s que cada día también se dedican a educar, a visibilizar y a enfrentar lo que concierne a estas temáticas. Me quedo con la honestidad, la visión crítica y las ganas de aprender de l@s jóvenes estudiantes que me hacen creer en las nuevas generaciones. Me quedo con la historia de Roxana y la de tantas mujeres que han tenido el mismo desenlace que ella y, realmente, espero que estas palabras lleguen lejos y no permanezcan escritas en vano."

“Yo no quiero que esto quede en el olvido, por eso voy a contarlo.”







viernes, 30 de septiembre de 2016

Ese alucinante canibalismo (Sobre "Los amantes caníbales" de Pablo Illanes)

“Una eternidad
esperé este instante
y no lo dejaré deslizar
en recuerdos quietos…”
(Soda Stereo)

Antes de empezar a comentarles sobre mi nueva (y pendiente) experiencia literaria, como ya he dicho en otras ocasiones, no quiero que estas palabras se tomen como una “crítica”. No como la de esos insoportables que se juran dioses literarios y se creen con el pleno derecho a destrozar la obra de otros/as escritores/as.  “Críticos literarios” les llaman o se hacen llamar.  He leído a más de alguno y en sus letras he notado ese aire pretencioso e insoportable. No es mi estilo, ese modo de ir por la vida no va conmigo.

Ahora, luego de hacer aquella aclaración, puedo comenzar. (Nunca se sabe cuándo puede llegar algún lector nuevo o lectora nueva, así que si me leen por primera vez, quiero que sepan qué pienso y qué no.) Por mi parte, hoy les quiero hablar desde mi rol de lectora, ese que siempre me tiene como una eterna aprendiz en busca de nuevos libros. Recuerdo que cuando hace tiempo escuché que Pablo Illanes había publicado su tercera novela, pensé: “Este libro me lo voy a comprar. No lo voy a ir a pedir a la biblioteca, como los otros dos.” La decisión estaba tomada, porque una de las cosas más tristes que he vivido como lectora ha sido estar en la fila de devolución de libros y no querer hacerlo: así me pasó antes con los libros de Illanes, especialmente, con “Una mujer brutal”. ¿Lo mejor de todo? Mi intuición lectora estaba dispuesta a apostar. Habían pasado los años desde la publicación  de “fragilidad”, su segunda novela, así que este tercer libro de seguro sería una sorpresa. Dicho y hecho: compré mi ejemplar y, aunque por distintas circunstancias lo mantuve intacto por un tiempo, al fin, lo leí… y esto fue lo que pasó.

¿Por qué la novela se llama “Los amantes caníbales”? Podría ser una típica pregunta. Yo cuando oí el título me acordé de inmediato de la canción “Entre caníbales” de Soda Stereo. Sin importar si había relación alguna, fue lo que se me pasó por la ideas, en un principio.

“Anoche dormí con Emilio Ovalle”. Estas son las palabras que dan inicio a una historia que nos presenta a Baltazar Durán, un escritor chileno reconocido internacionalmente y que, inesperadamente, muere en Nueva York. Cuando esto sucede, David Mendoza, su viudo, llega a los manuscritos que contienen las memorias del escritor. Así, David se internará en distintos y desconocidos pasajes de la vida de Baltazar.

La novela va jugando con los tiempos en la narración y eso se va apreciando en la alternancia de los capítulos. Por un lado, nos encontramos con Baltazar, contando su historia en primera persona, mostrando sus primeros años de juventud en medio de la represión de los años ochenta, presentando su complejo entorno familiar, sus sueños, ese amor al cine que, otra vez, queda de manifiesto en una obra de Illanes. Precisamente, es esta cinefilia (junto a las circunstancias de la vida) lo que, de pronto, une a Baltazar Durán con el joven Emilio Ovalle. Desde entonces, a través de la trama, se irá viendo cómo ambos viven y se relacionan en medio del crítico contexto nacional de la época. Constantemente, se puede ver que aparecen distintas referencias cinematográficas, títulos de películas, autores y esa búsqueda incesante por querer y conocer más.

Por otra parte, podemos ver el presente de la historia, cuando se conoce la noticia de la muerte de Baltazar Durán y el inevitable revuelo que este hecho causa en Chile y en el extranjero. Se puede apreciar a David, viudo del escritor, en busca de una verdad que lo atormenta y que estará dispuesto a seguir hasta el final. Además, se ve la conmoción que se vive desde lo familiar hasta el núcleo de la editorial, donde Baltazar publicaba sus obras.  
Se ve a David cada vez más inquieto con la autobiografía de su difunto marido, incluso llegando al punto de no saber si lo que está leyendo realmente existió o fue excéntricamente creado por Baltazar. Asimismo, en este presente, vuelve a hacerse presente la figura de Emilio Ovalle.
Así, ambos tiempos se entrelazan y nos llevan a un pasado y a un presente que no están olvidados entre sí. A ratos, pareciera que el relato se dispersa y se aleja de lo principal, como es el caso de la historia del matrimonio de Desiderio y Cassandra, la cual aparece cuando se muestra a Baltazar y a Emilio asistiendo a las sesiones de cine que se realizaban en la casa de dicho matrimonio. Esto, cuando “Balta” y Emilio eran aún unos jóvenes ochenteros. Sin embargo, esto no termina aquí: también se narra la historia de Vera Parker, hija de Desiderio y Cassandra, quien fue víctima de la dictadura chilena. ¿Y a qué viene esto? Les cuento, gente lectora, que no se trata de una casualidad. Por eso, anteriormente, mencioné que “pareciera” que la novela se dispersa de su punto central, pero se trata de un lazo que no está al azar. Illanes sabe cómo establecer el vínculo de aquellos personajes con los que cumplen un rol principal (En este caso, “Balta” y Emilio) No se trata de una fuga en el relato ni de un capricho que no nos lleva a ningún lado como lectores. Aquí las piezas no están echadas a la suerte y eso yo, al menos, lo vi con claridad.

Nuevamente, Pablo Illanes expresa aquella inquebrantable relación que vive entre el cine y la literatura. Me di cuenta de esto apenas leí una cita del escritor Andrés Caicedo, antes de comenzar la historia como tal.
Después de leer este libro, me atrevo a decir que de las tres novelas que Illanes ha publicado, esta es la que más me ha convencido, con sus juegos temporales en la narración, con los secretos y señales que se van revelando en el transcurso de las páginas y esos personajes que no se olvidan tan fácilmente.

La cinefilia, la música, las drogas, una homosexualidad que se hace visible y otra que se niega. Las dudas, los silencios, esos amores que se viven desde distintas dimensiones, la traición, las ansias de fama literaria, los costos por pagar. Ese canibalismo que se muestra brutal a la hora de crear y de destruir. Canibalismo que se encarna desde lo protagónico y que se vuelve arrollador, alucinante. “Alucinante”, palabra compartida por Baltazar y su cómplice cinéfilo.
Ahora que recuerdo la letra de “Entre caníbales” de Soda, quizás, mi asociación de ideas no era tan descabellada después de todo. ¿O sí? Ya me dirán ustedes, gente lectora, una vez que lean este libro.

// “Come de mí, come de mi carne (…) Tómate el tiempo en desmenuzarme (…)” //


Finalmente, empiezo a desprenderme de mi rol de lectora para apegarme a mi piel de escritora. Desde ahí, pienso: “¿Con cuántos escritores como Baltazar he cruzado miradas y palabras, sin darme cuenta?” o  “¿Cuántos escritores como él me faltan por conocer?” ¿Cómo Baltazar? No sé si alguno se le asemeje, pero la sola idea de pensarlo me provoca un leve escalofrío.

Confieso que, a modo personal, me gustaría que esta obra tuviese una secuela. No sé si necesariamente como una novela, pero hay un par de historias que me gustaría seguir leyendo. Se trata de un par de personajes que me quedaron dando vueltas, a quienes aún no puedo ver como parte de una historia concluida, de un libro que hoy está cerrado, pero que si quisiera, podría continuar. 




sábado, 13 de agosto de 2016

Quiebres


Todo continúa normal en la ruleta de cada día. Todo, hasta que llega algo que provoca quiebres de esos que remueven una parte o el mismísimo "todo".
Hace varias semanas escribí en Facebook una declaración que, aunque me hizo sentir desnuda ante los lectores y lectoras, me sirvió para recibir cariño y apoyo. 
Más de una vez he dicho que las letras suelen ser lo que me saca a flote cada vez que me derrumbo y empiezo a ahogarme. Tal vez, suena cliché, sin brillo, pero es la realidad. Mi realidad. Entonces, si tantas veces ha sido así, si tantas veces he escrito para aliviar heridas, proteger mis cicatrices y atar y desatar lo necesario, ¿por qué no puedo hacerlo ahora?

Hace tiempo no voy a control médico, me hago cargo. He sido irresponsable en ese sentido, pero también hay pasos que debo dar yo y qué difícil ha resultado. Esa declaración a la que me refiero, esa que hice en Facebook para mi gente lectora, contenía una verdad de la que estuve renegando mucho tiempo. Hay una llamada "fobia" que me ha acompañado desde hace no sé cuánto tiempo y yo no había hecho reparos en ella. Para quienes no lo saben, tengo un problema y no sé cuánta gente pasará por esto. No tengo conocidos ni conocidas que tengan esta "fobia", a menos que tal como yo, lo oculten. Es el camino más cómodo, lamentablemente.

Soy profe algunos días y escritora que comparte sus historias. Nunca he sido la mujer más sociable del mundo. Acostumbro a resguardar mi corazón, pero también tengo mis torbellinos y cuando hay que hablar fuerte y decir una verdad, no lo pienso dos veces, incluso sin medir ciertas consecuencias. Es más, al no ser tan sociable caigo en un hermetismo extraño. No soy de andar de fiesta en fiesta ni de saludar a todos los que me rodean. Sin embargo, empecé a atar cabos y me di cuenta de que ciertas actitudes mías "no han sido muy normales". ¿Qué pasa? Le tengo un miedo inexplicable a los espacios concurridos, donde pueda llegar mucha gente y en el que yo pueda sentirme con una sensación de desamparo insoportable. Una inseguridad que no muestro cuando trabajo, pero que se expresa cuando estoy en mi esfera privada, cuando quiero ir a un evento cualquiera, por ejemplo, pero no me siento capaz por miedo. Cuando me invitan a participar a alguna actividad que altere mi tranquilidad, cuando empiezo a sentir ese miedo insoportable a no sé qué.

Cada vez que me enfrento a una situación como las mencionadas, se enfría mi espalda, se hace un nudo en mi garganta y empiezo con la maldita taquicardia. Me angustio al verme rodeada de tanta gente y esto muchas veces me ha impedido desarrollar ciertas actividades comunes de "una joven normal de mi edad".
En mi tierra natal nunca he tenido demasiadas amistades, pero el año pasado empecé a abrirme mi espacio. Entonces, empezaron mis sospechas. Recuerdo a un amigo que constantemente me invitaba a compartir alguna chela los viernes por la noche, algo tranquilo y nada fuera de lo común para cualquier otra persona. Yo, sin saber bien por qué, lo rechazaba de la mejor manera posible, tratando de escudarme con argumentillos que ni siquiera eran convincentes para mí. Tiempo más tarde, entendí que no era que yo no quisiera salir, que no quisiera verlo ni ver a cualquier persona importante para mí, que no era el cansancio de la semana. No era nada de lo anterior. Era el miedo, el miedo a tener miedo. Ahí estaba y está la raíz que aún no puedo arrancar por completo y con la que sigo peleando.

En mi Melipilla más de una vez se ha repetido esta historia. Así como ya lo he contado. (También me pasó anoche. Una compañera me invitó a un bonito evento, pero no pude. No porque no quisiera.) Sin embargo, he dado algunos pasos que me han hecho avanzar. Aunque digan que no es mucho, para mí han sido valiosos. A veces, he salido sola a algunos eventos donde he visto muchas personas. Sola, porque tengo que aprender a moverme así. Las veces que lo he hecho, he estado por lo menos la primera media hora paralizada, algo escondida, con los músculos tensos y frío en la espalda. Después, al ver que el ambiente es amigable y se acercan personas conocidas a saludarme, empiezo a aliviarme, a sentir el calor del lugar, vuelvo a respirar más profundo y la taquicardia empieza a retirarse... y todo mejora y hasta soy capaz de ir a buscar algo para comer o hacer un brindis. Y eso que es tan cotidiano e insignificante para muchos, para mí, son logros que he ido conquistando, pero aún me falta por hacer. Esto no ha terminado.

 En situaciones sociales de ese tipo, no siempre puedo andar dependiendo de alguien que me acompañe. Me acostumbré a escribir mi historia por mí misma, a construir, a conocerme, a vivir conmigo, con mis personajes, mis fantasmas, mis demonios, mis hadas. Y aunque disfruto mucho de la compañía de gente bonita, de esa gente que ilumina y apaña, no todo es tan sencillo. Sigo necesitando tiempo.

Lo que más duele de todo esto es cuando te das cuenta de que empiezas a alejar de ti a personas importantes, a quienes quieres mucho, pero que no entienden el motivo de ciertas distancias. ¿Y cómo podrían entenderlo, si ni siquiera yo estaba consciente de lo que empezó a pasarme? Por culpa de esta fobia (aunque no me gusta llamarle así, porque siento que se agrava mi situación) me he perdido varios momentos importantes. He perdido brindis compartidos, noches hermosamente alborotadas, locuras que pudieron ser y que ya no voy a recuperar. Desde el frío de las ideas y la razón, sé que está mal, que el tiempo pasa rápido como me dijo alguien a quien quiero mucho. Lo sé, pero esto es algo que se escapa de aquella razón y que aún me falta derrotar completamente.

Hace tiempo he estado visitando a una mujer chispeante, acertada y que escucha mis historias durante 45 minutos. No voy seguido a verla, ella me ha dicho que no es necesario, pero hago un reparo: le he contado de casi todo, pero este tema lo he dejado postergado, como si fuera algo secundario y no lo es. Ahora no, menos cuando me decidí a asumirlo y a invisibilizarlo.

No acostumbro a escribir de este tema tan delicado para mí. Es una de las formas más difíciles y desafiantes de desnudarme ante mis lectores, pero siempre las letras van a ser un camino. Es más. Incluso me han invitado a sesiones de meditación. Un amigo dice que me hará muy bien y que me esperará. Me lo dijo hace algunas semanas, cuando decidí escribir abiertamente sobre mi fobia. Esta vez, me autoexigí decir las cosas de frente. Ya le he dado muchas excusas de mierda a la gente de por qué hago o dejo de hacer. Le respondí la verdad: no sé si pueda enfrentarme a un grupo de gente extraña, haciendo algo que para mí es desconocido y no es parte de mi dominio. Sí, le dije la verdad y me entendió, no me juzgó. Así debo empezar a hacerlo, al parecer. El tema es que no creo que sea grato para alguien escuchar: "Me encantaría ir a tu carrete/panorama/junta cualquiera, pero cargo con un miedo que no sabría explicarte... y que no me deja ir, aunque quiera... y si voy, nadie me garantiza que no sentiré ese miedo."

 No es mi idea provocar lástima, en serio. Lo que sí quiero es que esto llegue a mis amistades lectoras, a quienes he rechazado invitaciones, a quienes han creído que me he alejado, a quienes quiero que sepan que sigo aquí. Por más arriesgado que resulte, quiero contarlo. Nunca se sabe si algún o alguna lectora está pasando o ha pasado por lo mismo. Yo comparto mi realidad para quien quiera leerla. Así, todo se va aclarando y la carga se comienza  a hacer cada vez menos pesada. 

Es un alivio y me da alegría saber que de a poco voy haciendo esto más visible. El reconocer o, más bien, el reconocerme me ha vuelto más fuerte, aunque no lo crean. Ya voy terminando este relato y siento algo que cuesta precisar. Aún quedan cartas por apostar, nuevas oportunidades para que la ruleta y yo vayamos al mismo ritmo. Necesito tiempo y saber que la raíz de este miedo desaparecerá de forma definitiva. Estoy dando lo mejor de mí para lograrlo, aunque sé que tampoco puedo 100% sola. Sí, necesito tiempo, pero sigo caminando. Eso es lo más importante.



(Esta fotografía no tiene relación con este escrito, pero la comparto porque es uno de los recuerdos de una tarde bonita)