sábado, 9 de septiembre de 2017
Hoy perdí, hoy no fui capaz...pero, ¿mañana?
Según algunos, ya es tarde, pero antes de dormir necesito dejar mis letras por aquí. Se suponía que la próxima vez que escribiera en mi blog lo haría para expresar mis impresiones sobre el libro buenísimo que por ahora estoy leyendo, pero no. La urgencia ahora me pide contar algo distinto, que no estaba en mis planes.
No puedo creer que a solo a un par de semanas de mi cumpleaños me haya pasado esto. En realidad, creo que eso no tiene nada que ver, pues al final lo que viví este sábado 9 se septiembre no fue por falta de madurez, sino por ese miedo irracional e insoportable que creí que ya no volvería a interrumpir mi vida.
Comencé mi día sábado como lo he hecho desde hace tres semanas: levantarme temprano para viajar a Santiago a estudiar lo que corresponde al diplomado que estuve esperando hacer por tanto tiempo. Finalmente, lo conseguí, pero a propósito, esta experiencia me ha dejado ciertos sentimientos encontrados con los que me cuesta pelear: me queda claro que la Romi profe es totalmente opuesta a la que hoy es la Romi estudiante. No he sido capaz de acercarme a ningun@ de mis compañer@s a entablar una conversación. Como dijo un jugador: "es increíble, pero no se me da". Curioso me resulta, considerando que como profe soy muy comunicativa y hasta he sacado mi lado más lúdico y humorístico. Como sea, después de todo, yo voy a estudiar y eso es lo principal. Lo demás es accesorio, pero igual lo noto.
Después de una mañana intensa, me esperaba una tarde hermosa en la que aprendería mucho: había reservado un cupo para un taller de encuadernación. Para quienes no lo sabían, el año pasado la encuadernación me conquistó desde el primer taller en el que estuve y en el cual hice mi primera "libretica". Desde entonces, me propuse seguir aprendiendo y este sábado 9 sería una oportunidad perfecta, que se veía llena de colores y descubrimientos...pero no fui capaz.
Desde mi horario de salida del diplomado hasta la entrada del taller había un par de horas de diferencia. Llegué a Estación al Patio de Comidas, en busca de algo no muy dañino, pero no hubo caso. Apenas puse un pie ahí noté que algo andaba mal: mucha, bastante, demasiada gente. Resulta evidente, tratándose de la hora de almuerzo, pero eso lo entiendo ahora, ya en calma. Mucha, bastante, demasiada gente. No sé cuál fue la expresión de mi cara en ese instante, pero empecé a caminar, intentando encontrar un lugar vacío, pero todo estaba repleto. Esos momentos de búsqueda se me hicieron eterno hasta que no pude más. Bajé por la escalera mecánica, caminé y me senté en un lugar más distante, donde la multitud no llegaría. Descubrí que lo vivido hasta entonces había acabado conmigo, ya no tenía ganas de nada, solo de volver a mi casa y sentir que estaba segura en el abrazo de mi clan. A pesar de que mi hermanita me mandaba mensajes de ánimo por el celular y aunque yo me repetía una y otra vez que había asumido un compromiso para la tarde, que esto ya pasaría y que todo estaría bien, fue imposible. Las lágrimas empezaron a brotar y no pude detenerlas. Fui a un baño cercano y ahí me quedé unos minutos, llorando, al fin alejada de aquellos que por un momento me hicieron sentir sofocada hasta la desesperación. Finalmente, regresé y una vez en casa, volví a llorar. Peor aún, cuando mi hermanita me dijo que tenía que insistir con este tema en mi próxima sesión de terapia o incluso ver si mi situación requería medicación porque "no siempre basta con la voluntad", según comentó. Esto fue lo que más me atemorizó, lloré de rabia al verme y sentirme anulada, incapaz de hacerle frente a ese miedo maldito que una vez que se va, parece absurdo. Lloré porque recordé las palabras de mi psicóloga que una vez me dijo que "el miedo nos paraliza" y así ocurrió este sábado. Perdí. Luego de estas reflexiones, dormí durante varias horas sin saber nada del mundo.
Me cuesta entender esto, se me hace difícil ejercer el dominio sobre lo que sucede. "Lo que pasa es que tú estás hecha de control y la idea de perderlo ya te deja mal". Me lo dijeron también y lo acepto. Pasa que este miedo arrollador llega cuando le da real gana. Al final, creo que lo que más me atemoriza es ese "miedo a tener miedo", porque sé que con él se viene una serie de momentos que saben derrumbarme. Es extraño, porque no siempre las multitudes han generado en mí esa sensación amenazante que sofoca y altera. Por ejemplo, recuerdo que una vez conté en terapia lo siguiente: " Una vez fui sola a un concierto de Rata Blanca y aunque había mucha gente, no tuve ese miedo. Lo mismo me ha pasado cuando llega la Feria del Libro en Estación Mapocho. Hay un montón de gente, pero no me siento mal, porque tengo la sensación que uno tiene cuando está con los de su tribu." Entonces, ¿cómo explicarlo bien? A veces, esto llega. A veces, ni rastro. Cada vez que puedo caminar o ir a comprar sola a sectores más concurridos, lo tomo como un logro. Sin embargo, entiendo que no siempre habrá alguien para acompañarme físicamente y si comparo mi situación con el año pasado, estoy mejor, pero aún siento que me queda otro tramo intenso por avanzar.
Ayer, luego de terminar mi primera sesión de Aeroyoga, compartía mis impresiones con la profe. Le dije que solo logré desbloquearme y comenzar a moverme una vez que decidí no pensar en lo que estaba haciendo, sino que simplemente me propuse realizarlo sin darle más vuelta y así, resultó. ¿Acaso tendré que hacer lo mismo en mi vida cotidiana? De ser así, no resulta tan fácil.
¿Y ahora qué? Solo puedo contar que en medio del silencio de la madrugada, estando ya más tranquila y sin cargar ese miedo insoportable, no dejo de arrepentirme de la oportunidad que perdí al no asistir al taller de encuadernación. Sin embargo, arrepentirse es francamente inútil y, al mismo tiempo, creo que tampoco hice tan mal en volver a casa. A veces, no siempre se pueden forzar las cosas y, quizás, no fue tan malo escuchar a mis latidos alterados que pedían una pausa. En realidad, quiero quedarme con algo rescatable en medio de este desastre vivido.
Se vienen semanas intensas y solo espero vivirlas feliz, sin escuchar a ese miedo que lo único que está haciendo es privarme de cosas que no sé si volverán. Creo que tendré que ser más rigurosa en este proceso, regresar a mi próximo control antes de lo que tenía previsto y, sobre todo, aferrarme a la compañía y al cariño de quienes me rodean y hacen el aguante, pero teniendo claro que tengo que saber reconocer mis propios pasos.
domingo, 16 de julio de 2017
¿Acaso no es suficiente? // Recuento semanal //
Hace tiempo que no publicaba algo nuevo. Para ser exacta,
incluso meses. No es que haya dejado de escribir, pero la verdad es que este
último tiempo ha sido más movidito de lo que pensaba. Afortunadamente, la
situación laboral mejoró, decidí sumergirme disciplinadamente en la revisión de
mi próxima novela (cosa que me tiene algo agotada), sigo con más ideas y pronto
volveré a estudiar, lo cual me tiene también muy entusiasmada. No será en mi
Pedagógico del alma, pero sí en el lugar indicado y que de seguro tiene muchas
historias. Como ven, la capital y yo nunca nos hemos dejado.
Luego de contar sobre los motivos que me han tenido lejos de
este espacio, tengo que decir que ojalá fuese otro el motor de mis palabras,
pero me queda claro de que no hay caso. No hay caso con ciertos personajes y
situaciones que nos demuestran lo decadente que puede llegar a ser nuestra
penosa sociedad chilena. Así de simple y complejo, así de directa la idea. Si
escribo esto es porque quiero dejar aquí toda esa bronca que, a la vez, se
mezcla con lástima y desesperanza. ¿Y a qué viene esto? Vamos a lo concreto.
Hablemos de retroceso, de imbecilidad, de esa ignorancia que no nos deja
avanzar como país.
Comencemos el relato de este lamentable compilado de
retrocesos. Recuerdo que la semana pasada dio su puntapié inicial con una
singular noticia: el llamado “Bus de la libertad” llegaba a Chile a promover el
odio y la discriminación hacia nuestr@s niñ@s transgénero. Muchos dijeron en su
momento y hasta ahora lo sostienen: “¿Qué tiene de malo? Todos tenemos derecho
a expresar lo que pensamos.” Pues yo les digo a esas personas dónde está el
error, poco y nada me importa que me traten de soberbia. Ya lo han hecho muchas
veces, una más da igual. Nos han hecho creer que toda opinión es válida y
respetable, pero ya es tiempo de que desmitifiquemos eso. Hay gente cruel y
malintencionada que se escuda en nombre de la “libertad de expresión” y ni
siquiera les da un poco de vergüenza.
Todavía recuerdo con una mezcla de sensaciones nefastas que,
mientras tomaba un té, un programa matinal transmitía lo sucedido con el famoso
bus en las calles. Entonces, una periodista se acercó a una mujer que se
manifestaba en contra de la “ideología de género”. Cuando se le preguntó acerca
de una definición de “ideología de género”, empezó a decir una serie de
evasivas y burradas (con el respeto de los señores burritos) que no la llevaron
a ningún lado y que solo dejaron en evidencia que la estupidez no tiene
límites. ¿Salir a gritar promoviendo el odio sin siquiera saber de qué se trata
todo esto? De verdad, se nota que hay personas a las que, por lo visto, les
dieron leche con tolueno durante su infancia.
Junto con lo anterior, la seguidilla de fanáticos religiosos
y conservadores no se hizo esperar. Es lamentable que le den tribuna a ese
odioso e insoportable grupo de personajes. Como si no me hubiese costado años
aprender a superar mis inmensos prejuicios hacia los cristianos. Increíblemente,
mi mejor amigo de la universidad es cristiano, cosa impensada en otro momento
de mi vida. Aprendimos a querernos y a aceptarnos con nuestras diferencias y
semejanzas. Sin embargo, hay exponentes que dejan demasiado que desear. ¿Y
dónde está ese Dios de amor con el que tanto se llenan la boca? ¿De verdad, ese
Dios eligió como representantes a esos seres tan tarados y vergonzosos?
Cada vez que hay algún tema contingente a nivel país,
sostengo que los “argumentos” que se escudan en Dios son una soberana falta de
respeto. Al parecer, eso del estado laico todavía no se da y, realmente, lo
pienso así: ¿cómo me vería yo, si para defender una opinión utilizara a mi
personaje favorito de una obra literaria? Obviamente, perdería la seriedad y me
vería irrisoria y poco sólida ante mi interlocutor. Creo que al momento de
argumentar, hay que dejar a los dioses al margen. (Y eso que yo también tengo
mis creencias, pero me vería pelotuda si las involucrara en temas donde no
tienen pito que tocar)
Esos que tanto vociferan declarándose “pro vida”, que tanto
piden que “con sus hijos no se metan” son quienes se sienten con el derecho de
meterse cuando una mujer busca decidir sobre su cuerpo. Los mismos que tanto
dicen preocuparse por los futuros niños y niñas, pero que se espantan cuando se
habla de la existencia de niñ@s trans. Ahí se olvidan de sus derechos, claro.
Sí, los mismos que dicen que quieren “menos Estado y más familia”, pero que
cuando pueden sacar provecho de beneficios estatales, lo hacen sin chistar.
Definitivamente, aunque a algunos se molesten, esta gente no tiene vergüenza ni
dignidad.
¿Qué más? La verdad es que me extendí con el tema del bus
ese y aunque tampoco debería darle más tribuna con mis palabras, tampoco podía
quedar indiferente. Lo más lamentable es que los horrores no se detuvieron
durante la semana que pasó. Ahora, me refiero a lo que la (in)justicia chilena
hizo con Nabila Rifo. Queda clarísimo que esta es una muestra más de lo poco
que importan las víctimas de violencia de género a nivel judicial. Sucede que
ahora le rebajaron la condena al agresor de Nabila porque “no fue un femicidio
frustrado, pues no hubo intención de matarla”. O sea, te saco los ojos, te
golpeo a rabiar, te torturo, pero no quiero matarte, claro. ¿Me entienden
cuando, al igual que muchos, utilizo la expresión: “Que se acabe Chile”? Esto
es una burla, una burla realmente cruel. ¿Qué más tiene que seguir pasando para
que de una vez en Chile se condene la violencia de género como corresponde? Lo
que más asco y rabia me da es ver que aún desde el mismo poder y también en lo
cotidiano, hay quienes justifican y respaldan el actuar del victimario. Miseria
humana en su máxima expresión. Esto no tiene otro nombre, por más que traten de
buscarlo.
¿Algo más? Si seguimos hablando de violencia de género,
podría extenderme aún más. Cuestión de recordar también los (nueva y
enormemente) insólitos dichos de Alberto Plaza acerca del aborto y las causales
que hoy se discuten. Resulta que ahora “la palabra de la mujer es insuficiente
para probar una violación.” Otra vez, por favor, que se acabe Chile. No sé si
este país merece otra cosa con “pensadores” de esa calaña e insisto: qué mal
que les den tribuna en los medios de comunicación para decir tanta barbaridad
junta. Típica actitud de hombre con una posición privilegiada, por el solo
hecho de ser hombre y sumemos que también es blanco y heterosexual, es decir,
fiel exponente de la cultura dominante y que se jura juez opinando sobre algo
que no le incumbe ni incumbirá jamás, pues él al igual que tantos que se
comportan de esa forma, nunca estarán en la piel ni en la postura de una mujer
violentada. ¿Hasta cuándo algunos seguirán creyendo la imbecilidad de que una
mujer aborta por deporte, porque le gusta? Qué increíble cómo hay quienes se
sienten con el derecho y descaro de opinar tan sueltos de cuerpo, sin pensar en
las consecuencias.
Además de ser escritora, soy profe y desde mi rol, cada vez
que puedo les recuerdo a mis estudiantes que no todas las opiniones son
válidas. No lo son aquellas que promueven el odio, la discriminación y atentan
contra la dignidad de otras personas. Una opinión siempre debe ser fundamentada,
pero con argumentos serios y reales. Nunca una opinión misógina,
homo/lesbofóbica, transfóbica, racista (por dar algunos ejemplos) va a ser
válida ni aceptable. “No podemos andar opinando idioteces” creo que incluso les
dije una vez. Y es que mientras algunos insisten en hacer que este país no
avance, los demás tenemos que seguir, aunque vaya qué difícil es. Seguir avanzando
desde nuestros espacios y nuestros roles. Yo lo hago desde aquí y una vez que
vuelvan las jornadas de clases, lo haré con mis distintos cursos.
Mi abrazo infinito a mi gente lectora. A quienes me siguen
desde antes y a quienes comienzan a leerme. (Por favor, este abrazo no va
dirigido si es que hasta aquí llegó un lector o lectora que forma parte de
aquellos fanáticos a los que hoy descueré. Merecido lo tienen. Incluso para abrazar y acariciar con las
palabras hay que poner límites. Increíble, ¿no?)
sábado, 15 de abril de 2017
De una indeseable y dulce resistencia
Creo que ya van dos meses o un poco más desde que me dieron
la noticia. Era una tarde de verano, el panorama se veía interesante en la
capital, pero es verdad que no siempre las cosas siguen el curso que quisiéramos.
Todavía recuerdo el momento en que le pasé unos exámenes al
médico que me esperaba ese día. No llegué ahí por mi cuenta, sino porque hace
meses la ginecóloga me había enviado hasta allá, pero yo no hice caso, por
varios motivos: cansancio, aburrimiento, ganas de no gastar mi esquivo sueldo
en exámenes y consultas médicas. Según ella, suponía que mi insoportable, y en
ese instante, irregular menstruación (perdón por tanta honestidad) podía
deberse a un posible tema con el azúcar. Fue con un comentario pasajero que me
sugirió que disminuyera el consumo de alimentos azucarados. En ese momento tomé
sus palabras como parte de una rutina y nada más. Una sugerencia que de seguro
no importaba tanto.
Noviembre de 2016: Segunda sesión con mi nuevo dermatólogo.
Fue él quien nuevamente me hizo un chequeo y me mandó a hacer exámenes de un
cuanto hay. Todo bien, salvo dos cosas: mi hierro estaba bajo y para eso
tendría que tomar pastillas. Lo otro: algo que a él lo confundió, por lo que no
se atrevió a darme un diagnóstico determinante: el examen de la llamada “Insulina
Post Carga” no calzaba. Mi insulina se elevó, sin embargo, algo era de
extrañar: mi glucosa y glicemia estaban en perfecto estado. Solo mi insulina
estaba fallando y era para tomar en cuenta. Era evidente: me gustara o no, mi
visita al nutriólogo era inevitable.
Ese día de enero me encontré frente a frente con un señor
mayor, demasiado serio y hasta algo malhumorado. Por lo general, la seria,
precisa, reacia a estas experiencias y poco amigable en estos casos suelo ser
yo. “Me salió gente al camino”, claro. ¿Y qué más podría decir? Finalmente,
esto se resumiría en una frase típica de un antiguo programa de comediantes: “A
ers, ¿quién es el “dostor”?” Sus palabras me cayeron como patada en la guata,
en pocas y honestas palabras: “Me fui a la mismísima chucha.” El nutriólogo con
su mirada seria me dijo lo que antes quise ignorar y que jamás hubiese querido
oír. “Tu glucosa y tu glicemia están bien, pero tienes resistencia en la
insulina.”
No sabría describir con perfecta exactitud todo lo que sentí en ese
momento, solo sé que me derrumbé y que la garganta se me convirtió en un nudo
que me costaría desatar durante el resto de la tarde. Entonces, el médico
siguió con lo demás: me recomendó unas pastillas (Metformina) y, junto con eso,
me pasó una hoja que sostuve con miedo y curiosidad. Era un papel escrito con
sugerencias para llevar una “vida más sana”.
Una vez que salí de la consulta, quedé con varias ideas
dando vueltas: tendría que cambiar mis costumbres, un medicamento nuevo y el
especialista que me atendió no era el más simpático del mundo. Es más, me
pareció derechamente desagradable. Sin embargo, hay algo que hasta hoy le
agradezco infinitamente: él fue sincero, me habló con ese tono verdadero que
tanto admiro, ese que sale sin adornos y que, aunque duela, al final llega por
mejor. Así debería ser toda la gente: hablar sin huevonadas ni darle tantas
vueltas a lo que tiene que decir. De frente y nada más.
¿Resistencia a la insulina? ¿Qué mierda? Desde mi época
escolar tengo claro que la Biología y sus derivados son temas que están lejos de
mi dominio. Por más que me hayan dicho un diagnóstico, yo no sabía la raíz de
este proceso, no entendía qué pasaba dentro de mí. Mi hermana, a pesar de no
ser profesora como mi mamá, papá y yo, igualmente heredó esa capacidad de
enseñar que viene de familia. Fue ella quien me aclaró el panorama con una
explicación más simple. ¿Por qué mis exámenes no cuadraban ni iban para el
mismo lado? Si mi glucosa y mi glicemia están tan bien es gracias a la insulina.
Ella es la que se esfuerza por tener bajo control mis niveles de azúcar y para
conseguirlo llega al punto en que incluso se eleva más de la cuenta. Ella sube
con tal de que mi glucosa y mi glicemia estén en buen estado. Ella sube, aunque
eso le signifique un sacrificio.
Cuando mi hermana me lo planteó de ese modo, me dio pena. Es
como cuando una persona que te quiere se esmera en verte bien y con tal de
lograrlo, es capaz de lastimarse, de dañarse a sí misma y olvidarse de su
propio bienestar. Lo peor es que tú eres tan como la mierda que no le
agradeces, no le correspondes y no la cuidas, es un lazo que no es recíproco… y
si hay algo que odio desde lo más visceral es la falta de reciprocidad, en todo
orden de cosas. Sin embargo, ser recíproca en esta relación con mi insulina no
sería fácil para nada.
Empecé a tomarme sagradamente mi pastilla de Metformina cada
noche, pero eso no bastaría. Era tiempo de cambiar mis costumbres y ese fue el
golpe más bajo de todos. De a poco comencé a dejar el azúcar añadida. Nunca he
sido fanática de las bebidas gaseosas y si las tomo alguna vez, es en poca
cantidad. Eso no era suficiente. En los almuerzos el jugo lo cambié por un vaso
de agua, mi consumo de dulces bajó considerablemente y solo los fines de semana
me permití desordenarme. Con respecto al chocolate, el panorama fue por el
mismo lado. Una barrita comenzó a durarme semanas y no solo unos días. Incluso
una de mis galletas favoritas comenzó a parecerme más dulce de lo esperado. El
problema fue que algo se me hacía más complicado: dejar el azúcar granulada a
la hora del té o café. Al principio, a regañadientes, fui agregando stevia, pero
muy pocas gotas. No me gustaba ni me gusta mucho. Mi cara de rechazo y asco era
evidente y mi familia lo notaba. Lo que ellos no sabían era que “mi verdadera procesión
iba y va por dentro”. Mi ánimo se fue al suelo y la idea de recuperarlo sin
dulzor me resultaba difícil, terrible. Eso que mi consumo de azúcar tampoco es
de un nivel descomunal ni espantoso como el de otra gente que conozco.
Hasta hoy me da pena pensar en aquellas costumbres que he
dejado atrás. Me ha costado regular mi estado anímico. Creo que junto con el
aguante de mi gente, tendré que conversar con el nutriólogo y mi terapeuta,
aunque suene achacoso, pero me resulta más que necesario. Yo era de las que
usualmente andaba con algún caramelo o golosina en la mochila. Hoy son otros
los alimentos que me acompañan. No me prohibieron el azúcar de manera tajante,
pero sí me advirtieron que si no me cuido, puedo terminar mal y, entonces, no
habrá vuelta atrás. Este diagnóstico es una alerta que no puedo ignorar, es la
antesala a la tan temida diabetes, es la oportunidad que la vida te da para que
decidas qué quieres en realidad. Yo quiero cuidarme, respetar y valorar el
esfuerzo que mi insulina hace por mí. Es más, aunque suene re pelotudo para
algunos, cada vez que como algo con azúcar, desde mi mente trato de
transmitirle calma a mi insulina, pidiéndole que no se alborote. Ojalá me
hubiese vuelto así de amorosa y consciente también con mi menstruación, pero
eso sí que es imposible. Cada vez que me llega la maldigo, la puteo y la culpo
por hacerme sentir tan miserable, débil y asquerosa. Yo creo que por eso, ella
se venga de mí. La diferencia es que la insulina ha estado apañando desde
siempre y la necesito. A la regla no y como me estorba y molesta, me la voy a
cortar para que no regrese hasta que realmente me traiga una utilidad, pero eso
es tema aparte.
Durante este tiempo he aprendido mucho, más de lo imaginado.
La resistencia a la insulina es una enemiga silenciosa, pues no se manifiesta
exteriormente. Mi peso está bien, eso no tiene nada que ver. Aquí no podría
cambiar una conocida canción por algo como esto:
“La pinta es lo de menos, vos sos un insulino resistente
bueno.”
No, ni cerca. Se trata de una advertencia que corre por
dentro y que te amenaza, que te puede dar donde más duele, pero que al mismo
tiempo, te enseña. A mí me ha enseñado que hoy mi insulina es mi foco de
atención principal. Ok, no debo despreocuparme del resto del cuerpo, pero hay
puntos que requieren más cuidado. Hoy entiendo que la Romina de hace unos meses
no es la misma que la de hoy, aunque suene exagerado. He tomado una decisión
clara y no hay vuelta atrás: si bien, mi meta es revertir la resistencia a la
insulina, aunque esta se vaya, no quiero volver a mi antiguo modo de vida.
Lo bueno es que, al final, es mejor ver el vaso medio lleno,
pero cuesta mucho. He conocido a gente que se preocupa de estos temas y
comparte sus conocimientos. Yo he optado por reeducarme y en eso estoy. Voy aprendiendo que se puede endulzar el día
a día de otras maneras. Me han hablado de la tagatosa y recetas varias que
tengo en consideración. Esto no está perdido. ¿Lo triste? Sé que hay gente
mucho peor que yo y me duele ver que socialmente, quienes decidimos evitar el
azúcar por salud o quienes no pueden consumirla derechamente, no estén y no estemos
contemplados siempre. No todos los restaurantes, cafeterías o pastelerías
tienen opciones sin azúcar para elegir y eso es fuerte. Es como si no te
tomaran en cuenta, cuando en realidad también queremos y tenemos derecho a
disfrutar de aquellos detalles dulces de la vida. Hace un tiempo esto jamás
hubiese sido tema de preocupación para mí. ¿Por qué tendría que haberlo sido?
La respuesta es clara y aunque suene fuerte y hasta egoísta, es verdad: uno se
empieza a preocupar y a hacer más consciente de ciertas cosas cuando a uno le
tocan de cerca y, directamente, le afectan. Cuando pasaste a la vereda del que
no está contemplado en el menú, porque supuestamente la gente que no come
azúcar “es poca” y eso “no vende”. ¡Cuánta mentira!
He llorado y me he visto pésimo, pero sigo adelante. Mis
últimos exámenes, aunque no han sido 100% exactos me muestran que mi insulina
ha bajado y se nota. Es más, incluso lo he visto en mi peso y en mi nivel de
aguante. Puedo estar en la mesa frente a mi mamá que come manjar y no desearlo
como antes. El azúcar granulada en el té ya no es tema (incluso puedo tomarlo
sin stevia) y con el café optaré por la tagatosa. Hay alternativas, aunque no
sean masivas. Hay lugares que se acuerdan de nosotros, pero hay que buscarlos.
La próxima vez que vaya a la capital con mi hermana o con mi fiel amigo
santiaguino, seguro que el recorrido será distinto si se trata de ir por algo
dulce. Y es que la palabra “resistencia” puede llegar a ser hermosa,
inolvidable y necesaria, excepto si se trata de la resistencia a la insulina.
No acostumbro a escribir sobre temas de salud, menos en mi blog, pero
necesitaba hacerlo. Creo que es un modo de vaciar lo que hay en mi corazón, de
acariciar mi ánimo que aún no se acostumbra del todo a esto. ¿Y por qué tanta
pena?, ¿por qué ha dolido tanto dejar mis costumbres de antes? La respuesta
puede ser desgarradora, pero es cierta. Yo no quería escucharla, pero me la
dijeron. Esto es como estar en rehabilitación, sin mentir. El azúcar, después
de todo, puede resultar aún más adictiva y dañina que la misma cocaína. Yo no
estoy dispuesta a hundirme de nuevo, menos a caer más allá de un fondo que no
quiero tocar.
viernes, 17 de marzo de 2017
Acoso Sexual Callejero: No exageramos, es la realidad
Este 17 de marzo
me levanté con una idea fija: escribir sobre aquello que muchas mujeres callan
y que otras tratamos de expresar con miedo y rabia, siempre exponiéndonos a que
minimicen esta realidad.
En un día como
hoy, hace dos años, el proyecto de Ley de Respeto Callejero ingresó al
Congreso. Sin embargo, este hasta ahora se encuentra dormido y estancado,
mientras que el acoso callejero sigue siendo parte del diario vivir de tantas
mujeres. De verdad, yo me pregunto, ¿qué más tiene que pasar para que de una
vez este proyecto se lleve a cabo?
¿Y por qué no
decirlo? Es insólito que se tenga que llegar a esto para que podamos transitar
tranquilas por las calles. Qué lamentable que se deba establecer una ley para hacer
algo tan básico como debería ser caminar sin miedo.
Hace algunos
días, por redes sociales, tuve la oportunidad de leer el testimonio de una
joven que iba rumbo al metro tomando helado, cuando un tipo le susurró en el
oído un comentario de evidente connotación sexual: “Oiga, qué le gusta
chuparlo, mijita.” Javiera, la víctima de este hecho, comenzó a gritar a viva
voz y lo increpó. El problema es que no todo quedó ahí, sino que a esto se sumó
un hombre de terno, con clara apariencia de ser del barrio alto, quien la trató
de histérica, de loca y, peor aún, se atrevió a decirle que si el tipo del
asqueroso susurro hubiese sido “rico y guapo” ella estaría “muerta de la risa”.
Ante esto, Javiera se defendió y derramó su helado en la ropa del “terneado”.
Él comenzó a gritar, pero la joven dio el golpe final con un certero
comentario: si él la encontrara guapa o rica, él estaría riéndose.
La experiencia
relatada anteriormente sirve de ejemplo para visibilizar una realidad que
ocurre todos los días en la vía pública y las mujeres estamos expuestas a esto.
En este caso, Javiera se defendió, pero lamentablemente aquello no suele
suceder. Muchas mujeres callan ante estas agresiones, yo también lo he hecho:
por miedo, por quedar tan intimidada al punto de no poder sacar la voz, por
vergüenza, por no querer quedar ante el resto como una “cuática o histérica”.
Aquellos que nos
dicen que “le damos color” al levantar la voz frente el acoso callejero, dejan
en evidencia lo decadente y miserable que puede llegar a ser esta sociedad.
Cuando ponemos en el tapete estos actos violentos no exageramos, sino que nos
empeñamos en mostrar una realidad que muchos no quieren ver.
Eso de que “los
piropos son algo bonito, parte de la picardía del shileno y deberíamos estar halagadas y agradecidas de recibirlos”
no es más que una mentira para seguir perpetuando una costumbre que debe
desaparecer. El Acoso Sexual Callejero también forma parte de los distintos
tipos de violencia dirigidos hacia nosotras. Y no, no exigimos respeto “por ser
mujeres”, sino por ser personas, tal como los hombres. ¿Tanto les cuesta
entender a algunos?
Voy a citar una
parte un estudio realizado por el Observatorio Contra el Acoso Callejero
(OCAC): “Las mujeres jóvenes son el grupo más vulnerable, pues 97% de ellas ha
sufrido acoso en el último año, la mitad por lo menos una vez a la semana y dos
de cada 10 con frecuencia diaria.”
El estudio al que se hace referencia fue realizado
hace dos años y, por lo tanto, se hace necesario volver a mencionar que, según
el OCAC: “Desde que el proyecto de ley ingresó al Congreso, el 17 de marzo de
2015, hasta el día de hoy, han ocurrido más de 30 millones de acosos sexuales
en espacios públicos solo en la Región Metropolitana”.
¿Acaso no es indignante? Con un nudo en la garganta y
en el estómago, más de una vez he tenido que escuchar y leer brutalidades como:
“Es culpa de ellas, porque andan provocando. ¿Qué quieren, entonces?” Hace
solamente unas horas, leí el comentario de un tipo que escribió en redes
sociales, luego de la publicación de una noticia sobre la importancia del
Respeto Callejero. Al principio, creí que él hacía una broma de pésimo gusto.
En realidad, no fue así, solo lo quise creer. El macho en cuestión escribió que
el acoso “Es culpa de las putas que nos quieren calentar a nosotros, los chicos
buenos.” Junto a eso, también añadió: “Debería existir también una ley que
castigue las transparencias y escotes (…) Eso también es acoso hacia nosotros,
los hombres.” (Estas citas las traté de adaptar, pues los comentarios
originales tenían errores ortográficos) ¿Cómo es posible que todavía tipos como
él tengan el descaro de creer eso?
Quiero destacar, espero que quede bien claro, que la
violencia de género (en este caso, el Acoso Sexual Callejero) jamás es ni será
culpa de la víctima. El único culpable
de la violencia, de cualquier tipo, siempre va a ser únicamente el agresor.
Nadie más. A los machitos que juran que nos vestimos para provocarlos y
exponernos gratuitamente, por favor, desechen la idea de falocentrismo que tan
arraigada tienen.
El Acoso Sexual Callejero traspasa las barreras
referentes a las edades, clases sociales y lugares donde vivimos y nos
desenvolvemos. Este no es exclusivamente verbal. Por ejemplo, también se incluye
lo no verbal (miradas, sonidos), físico, registro audiovisual hasta los casos
más graves.
Los machos
cobardes están acostumbrados a que nosotras recibamos dicho acoso en silencio,
para que así ellos puedan seguir haciendo y deshaciendo, ejerciendo un poder que
nos sigue violentando. Vuelve a mi memoria el testimonio de Javiera, la joven
que mencioné anteriormente. Al recordar su actuar frente a aquel par de
machistas, regresa a mis ideas aquella consigna que expresa fuerte: “Ninguna
agresión sin respuesta.”
(Imagen: OCAC)
martes, 7 de marzo de 2017
Sobre el Día Internacional de la Mujer y lo que se suele silenciar
Nuevamente, nos
encontramos frente a un nuevo Día Internacional de la Mujer. Desde que tengo
memoria, he podido apreciar que su verdadero significado se ha moldeado a
voluntad de quienes ven en esta fecha un motivo de consumo y de pura
celebración. Sin embargo, a muchos se les ha olvidado lo que realmente se
conmemora este día. (Sí, se conmemora y no se celebra) Este 8 de marzo se
recuerda a todas esas mujeres que quedaron marcadas en la historia al luchar
por aquellos derechos que les fueron tanto tiempo negados, incluso hasta dar
sus vidas por lograrlo.
Es cierto que
con el paso de los años y una lucha constante y muy ardua, se han ido
alcanzando derechos que históricamente para nosotras alguna vez fueron
inexistentes. Sin embargo, esto no ha terminado. “¿Por qué?”, seguramente, se
preguntarán algunos.
Actualmente, las
mujeres seguimos siendo las más vulneradas en un sistema que sigue siendo
patriarcal. En otras ocasiones, cuando he planteado esta idea, han sido hombres
los que se han alterado ante esta afirmación. Evidentemente, no se trata de
todos, pero hay varios que no soportan que la violencia de género se haga
visible. Esto lo manifiestan de distintas formas, ya sea mediante burlas o una
molestia que les cuesta contener. ¿A qué se deberán estas reacciones? Creo que
algunos no soportan que se cuestionen sus privilegios. Ya comprenderán a qué me
refiero.
Son bastantes
los que este 8 de marzo llenarán las redes sociales con mensajes de “¡Feliz Día
de la Mujer!” o saludarán cariñosamente a las mujeres que los rodean, incluso
les harán regalos. Ante esto, yo me pregunto si de verdad sirve que reconozcan
el rol y el valor de las mujeres una vez al año, cuando son muchos quienes
durante lo que queda de calendario promueven o son cómplices de la violencia de
género, esa que a nosotras nos subordina de distintas maneras.
Aprovechando que
esta es una fecha que invita a la memoria y a la reflexión, quiero hacer
mención a aquella violencia anteriormente referida. No existe solo un tipo de
esta, sino que son muchas. Usualmente, se condena a nivel social la violencia
física hacia las mujeres, desde los golpes hasta los femicidios. ¿Y qué pasa
con aquellas acciones que cotidianamente nos afectan y para muchas personas
pasan desapercibidas? Por ejemplo, la violencia psicológica al no dejar huellas
pareciera que es invisible socialmente.
Continuaré señalando que también estos actos violentos se encuentran en planos
como el laboral, sexual, económico, obstétrico y simbólico. Como se puede
apreciar, es una lista de aspectos presentes en nuestras vidas en los que
muchas veces el miedo nos invade, nos paraliza y nos derrumba, llegando al
punto de hacernos creer que nosotras somos las culpables de que nos vulneren.
En el último
tiempo ha salido a la palestra la evidente existencia del Acoso Sexual
Callejero. Quienes lo hemos vivido sabemos bien que es una realidad y en su
gran mayoría nos afecta a nosotras. Ante esto, muchos hacen comentarios tan
desacertados como: “Eres una exagerada.”, “Es tu culpa, porque te vistes muy
provocativa”, “Deberías estar agradecida porque te encuentran rica”, “¿Y por
qué los hombres no podemos tener libertad de expresión y decirles los piropos
que queramos?”. Así, el listado suma y sigue, tristemente, mientras algo tan
cotidiano como salir a la calle puede resultar una situación que nos llena de
temor, porque no tenemos esa tranquilidad y respeto que no tendríamos por qué
exigir en campañas o diversas manifestaciones.
A las mujeres
que me hayan leído, mi más profundo respeto y admiración. Esta fecha es mucho
más que un “Feliz Día”, por lo que debemos seguir luchando juntas. Muchas veces
nos han hecho creer que debemos competir, que entre nosotras somos rivales,
pero no es cierto. Queda camino por andar y construir. La lucha del diario
vivir está presente y debemos continuarla en nombre de tantas mujeres que
incluso dieron sus vidas por querer un mundo más justo, en el que mujeres y
hombres seamos compañeros y ninguno sea superior al otro. Eso es lo que quiere
el feminismo, concepto tan temido y rechazado por muchos que lo desconocen.
A los hombres
que hayan llegado hasta estas letras, recordarles que no hace falta colmarnos con
saludos ni regalos este 8 de marzo, que lo más importante es que nos respeten
por ser personas tal como ustedes. Parece algo muy elemental, pero están los
que hasta hoy nos cosifican y nos ven como territorio de conquista, como una
pertenencia más. Ustedes a lo largo de la historia han sido la voz predominante
en la esfera pública. Hagan el cambio desde esos espacios en los que se
desenvuelven.
A ustedes no los matan,
golpean ni violan “por el hecho de ser hombres”, no reciben un salario más bajo
por hacer el mismo trabajo de una mujer. Tampoco son las principales víctimas
del Acoso Sexual Callejero y las isapres no les cobran más porque son hombres.
¿Acaso todo lo anterior no los inquieta? Cuestionen esto e indígnense ante esta injusticia
también. Expreso estas palabras desde la tristeza de tener que ver que aún
falta tanto para que esta sociedad sea igual y equitativa para mujeres y
hombres, pero desde las ganas de seguir adelante en conjunto para lograrlo, a
través de palabras y acciones.
jueves, 29 de diciembre de 2016
Sobre la historia que muchos no soportan escuchar: Historia Secreta de Chile 2
Si hay algo más que sabido es que
nunca vamos a darle en el gusto a todo el mundo. Esto último lo he aprendido
aún más claramente, desde que comencé a trabajar con las palabras. Y si de
palabras y narraciones hablamos, hay alguien que sabe esto muy bien: me refiero
al autor del libro que hoy comentaré.
Voy a volver a lo que he dicho en
otras ocasiones y que para algunos puede ser una majadería: no soy parte de ese
grupo de insoportables que se hacen llamar “críticos literarios” y que desde su
pedestal destruyen a sus compañeros escritores cada vez que pueden. No soy esa
clase de basura y lo recuerdo siempre, en caso de que lleguen lectores
nuevos(as) hasta este espacio.
Ok, sigamos. Aunque el libro que
hoy me lleva a escribir fue publicado hace meses, no podría terminar el año sin
contar cómo fue para mí esta lectura. Se trata de “Historia Secreta de Chile
2”. Personalmente, puedo decir que soy lectora de Jorge Baradit desde antes de
que causara tanto revuelvo con sus dos libros de “Historia Secreta de Chile”.
Recuerdo que supe de él y su obra en un taller literario en el que participé en
Balmaceda Arte Joven. El profe que impartía el taller (hoy amigo y colega
escritor) nos habló de la novela “Synco”. Me acuerdo que desde esa ocasión me
llamó la atención esa propuesta de unir uno de los episodios más cruentos de
nuestra historia nacional con la ciencia ficción. Después vino “Lluscuma” y
así.
Mis disculpas si me disperso,
pero en el caso puntual de los dos libros correspondientes a “Historia
Secreta…” hay mucho que comentar. Y es que la temática y los personajes
tratados en ambas obras traspasan las páginas y la lectura. Se trata de
acontecimientos que son parte de nuestro relato como país, pero que pocos se
han atrevido a poner sobre la mesa. ¿Y por qué tanto alboroto ante la
afirmación de que, efectivamente, existe una historia de Chile que no se narra
abiertamente? Cuando Baradit publicó estos libros, distintos personajes de
nuestro presente salieron a expresar su bronca, entre ellos, historiadores. Según
mi percepción (me hago cargo de ella), se trata de ese sentimiento que surge
cuando sientes que tu pedestal privilegiado se ve ¿“amenazado”? Me imagino,
porque, al menos yo, nunca me he sentido posesionada desde un rol así. ¿Tanto
podría molestarles a esos intelectuales
que aquel relato desconocido de nuestra historia se masificara entre muchos
lectores y lectoras? Pareciera que sí, pues se nota que sintieron que este
escritor se estaba metiendo en un territorio que “no le correspondía”,
seguramente. Y no. La bronca a Baradit no se detuvo aquí, ya que ciertos
exponentes del pensamiento conservador de Chile no soportaron ver la imagen de
sus “héroes” tan expuesta. Los mismos que reventarían al escuchar que nuestra
Alameda en Santiago debería llevar el nombre de José de San Martín y Matorras
en lugar de Bernardo O’ Higgins. ¡No, olvídenlo! Para ellos sería un atentado a
su espíritu nacionalista.
Son varios los relatos que
aparecen en “Historia de Chile 2” y sé que si me detuviera a comentar cada uno,
este escrito se extendería más todavía. Voy a referirme a algunos. Así, de
paso, quienes aún no han leído el libro podrán encontrarse con más sorpresas.
Quiero partir con un episodio que
tuve la oportunidad de conocer más profundamente en mi época universitaria en
el Pedagógico. Se trata de la Masacre del Seguro Obrero, un acontecimiento que
en nuestra historia ha pasado desapercibido muchas veces. Asumo que yo no tenía
idea de esto y recién supe de dicha masacre en una clase de Literatura Chilena,
mientras el profesor nos hablaba de la obra del escritor Carlos Droguett. Fue
gracias a algunos libros de este narrador, quien también fue amigo y compañero
de algunos jóvenes asesinados, que pude acceder a más información. Tanto llegó
a marcarme la obra de Droguett y el hecho de la masacre, que decidí hacer mi
tesis sobre esto, para optar a mi título de profesora de Castellano el año 2014.
Sentí que rescatar la literatura de Droguett y el episodio del Seguro Obrero se
convertía en una necesidad histórico – literaria y para mí se volvió una misión que estuve
dispuesta a asumir. Nótese que no comparto la ideología que llevó a estos muchachos a realizar un intento golpista que terminó con la mayoría de ellos
asesinados. Ellos no eran “nazis”, sino nacistas, pertenecientes al
Movimiento Nacional Socialista de Chile y, efectivamente, se inspiraron en el
nazismo alemán desde ideas como el concepto de lo nacional o de la economía,
por ejemplo, pero también discrepaban en lo correspondiente a lo racial. De
todos modos, comparto mi impacto al saber que en 1938 hubo una masacre dirigida
a un grupo de jóvenes que durante mucho tiempo permaneció en silencio, si
hablamos desde la historia que nos han enseñado institucionalmente. Cuando yo
era escolar jamás vi en un libro de Historia que se hablara de este hecho.
Algunos años más tarde, en otro libro de Historia que tenía mi hermana menor,
encontré un par de párrafos breves que mencionaba lo ocurrido. Parece mentira que lo que, en ese entonces, era
el Seguro Obrero, lugar que quedó lleno de sangre, muertes y bestialidades, hoy
sea el actual edificio del Ministerio de Justicia. Las veces que he pasado por
ahí, la sensación es estremecedora.
Otro aspecto que quiero rescatar
se encuentra en dos capítulos diferentes, pero que tienen importantes puntos en
común: niños, cerros, sacrificios. Se trata de épocas y culturas diferentes,
pero los hilos conductores son similares. En un capítulo se menciona el
sacrificio de un niño en 1960 en Puerto Saavedra. ¿El motivo? Entregarlo como
ofrenda a sus dioses para que el cataclismo que estaba remeciendo al pueblo se
detuviera. Según la machi que llevó a cabo esto, cuenta el relato “para un gran
mal se emplea un remedio muy grande” y sacrificar un animal, en este caso, era
muy poca cosa. Por otra parte, se presenta la historia de otro niño, esta vez,
en el contexto incaico. Fue el elegido para algo… importante. Otra vez, la
imagen de una infancia que se vuelve todo un simbolismo. Otra vez, los
sacrificios y el significado que tenían para estas culturas. ¿Y qué importancia
tienen estos hechos para nosotros en la actualidad? Esa reflexión queda en cada lector.
Podría seguir escribiendo sobre
cada capítulo leído, pero entiendo que esto se extendería aún más. Podría
contarles acerca de las brutalidades que se cometieron en contra de los selk’
nam, a través de la existencia de zoológicos humanos. ¿Y por qué la historia
oficial no nos muestra esto? ¿Qué creen ustedes?
También podría recordarles algo
que ya considero sabido y que me recuerda mis días de universitaria. Con algo
de vergüenza puedo decir que solo en ese entonces supe que Pinochet no fue el
líder del golpe de estado de 1973, ya que en el colegio jamás me lo dijeron (Y
eso que tuve a dos profesores de Historia admirables)
Sin embargo, no puedo concluir este escrito sin detenerme en un capítulo desgarrador. Se trata de “La niña de
Portales” y es uno de los que más se quedó en mi memoria. En medio de varios
relatos donde predomina la presencia de hombres, este capítulo deja una huella
para no olvidar. Aquí se rescata la historia de una mujer oprimida, violentada
de distintas maneras y que, tal como dice el nombre, se nos presenta como “la
niña de…” porque tristemente eso fue. Una de las tantas mujeres cosificadas en
nuestra historia, ignorada y que hoy regresa en este libro para mostrarnos la
miseria humana que existe de parte de distintos personajes opresores. Aquí se
muestra a Portales desde una faceta silenciada, que para muchos resulta
insoportable de escuchar o leer, porque no toleran que se desprestigie así a
ese que hasta hoy consideran todo un héroe. Y no olvidemos que, en la
actualidad, Portales sigue teniendo un espacio destacado, siendo un hombre
admirable para varios y que sigue teniendo tribuna en los libros de esa
historia impuesta que nos enseñan y en instituciones que llevan su nombre. ¿Y
qué pasó con Constanza Nordenflycht, la llamada “niña de Portales”? Solo diré
que no se trata de la primera ni de la última mujer que ha creído en el tan
nocivo amor romántico, ese que incluso en nuestros tiempos nos quiere hacer
creer que necesitamos y dependemos de un hombre que nos rescate y nos
dé la felicidad que no podemos vivir por nosotras mismas. Ese amor romántico
que, sin exagerar, nos puede terminar matando.
Ya casi terminando, vuelvo a
destacar la valentía que ha tenido Baradit al rescatar aquellos episodios de
los que hemos quedado ajenos como sociedad. Sé que puedo estar cayendo en mi
subjetividad de lectora, pero eso creo. Este autor se aventuró a entrar a un
terreno que, aunque a algunos les moleste leerlo, les pertenece solo a algunos
privilegiados. A esos que nos cuentan la historia que ellos quieren que sepamos
desde la imposición, donde los protagonistas son aquellos personajes heroicos a
los que hasta hoy se les rinden honores. Distintos historiadores e integrantes
de la clase conservadora de Chile se han ido en contra de Jorge Baradit porque,
claramente, se han sentido amenazados desde ese pedestal de privilegios del que
ya he hecho mención. ¿Por qué? Porque, aunque no lo digan explícitamente, lo
demuestran. A ellos no les conviene que se cuente esta Historia Secreta, pues
eso da lugar a que se genere una visión crítica en la sociedad chilena. Una
visión que a ellos los desmorona de a poco, al verse expuestos y cuestionados.
Al final, me queda expresar un
punto que me parece más que necesario: dentro de esta Historia Secreta hay
otros relatos y personajes que aún permanecen pendientes, creo yo. ¿Dónde están
aquellos grupos que durante años han estado y siguen estando invisibilizados y
menospreciados?, ¿qué ocurre con la opresión y las luchas que históricamente
han dado los y las indígenas, homosexuales y mujeres? Confieso que algo leí en
un diario nacional y, al parecer, el autor no ha quedado indiferente a esto. Es
más, se me hace inevitable no referirme a la temática de género en especial, al
hablar de historia. Sobre todo porque, tal como ya he dicho, la historia que
nos imponen desde la educación tradicional ha sido enfocada principalmente en
torno esos hombres blancos, heterosexuales y dominantes.
Ojalá que si, efectivamente, existe una tercera parte de Historia Secreta de Chile el autor se refiera a estos personajes marginados, pero que han tenido un valor que lamentablemente hoy se desconoce.
Ojalá que si, efectivamente, existe una tercera parte de Historia Secreta de Chile el autor se refiera a estos personajes marginados, pero que han tenido un valor que lamentablemente hoy se desconoce.
Me hubiese gustado escribir todo
esto mucho antes, a pesar de que esta segunda parte se estrenó este 2016. Sin
embargo, dicen que nunca es tarde, así que siempre va a ser tiempo para ser
parte de este conjunto de relatos que desde el poder han querido ocultarnos
como país. Y aunque los defensores de la historia tradicional e impuesta
griten, revienten y ataquen, ya es tarde. Existe una Historia Secreta de Chile
y este autor, a través de su narrativa, ha logrado masificarla y remecer a muchos
lectores (y sectores). Mientras tanto, no queda más que esperar a que esto se convierta en una trilogía. Estaré pendiente desde mi rol de
lectora.
jueves, 15 de diciembre de 2016
Somos nosotras (Palabras del 25 de noviembre)
Las palabras que leerán a continuación fueron escritas para el 25 de noviembre de este año, por motivo del Día Internacional de la Eliminación de Violencia contra las Mujeres. Nuevamente, tuve la oportunidad de compartir esta lectura con la gente bonita de mi comuna (Melipilla) Creo que, aunque pasen las horas, días, semanas, meses, es necesario reflexionar y luchar, porque lamentablemente, esta violencia sigue presente a través de distintas manifestaciones, en Chile y el mundo.
" Tiro las letras, pero no
escondo la mano. Otra vez estoy aquí, para contarles aquella historia que
muchos no quieren escuchar: porque tienen miedo de perder sus privilegios,
porque no soportan verse amenazados ante nuestras voces alzadas, porque la
verdad es un espejo en el que varios no son capaces de mirarse.
Tiro las letras y, junto a
ellas, mi tristeza y mi rabia profunda. Soy esa que no cree que las palabras se
las lleva el viento, sino que llegan aún más lejos. Por eso, me encuentro aquí.
Porque las palabras son compañeras de lucha, son gritos, son nuestras voces
reunidas. Las palabras son las que hoy me invitan a recordarles la cruel
realidad que día a día vivimos las mujeres.
Somos nosotras las que a
diario nos vemos enfrentadas a la violencia de género, a través de insultos,
humillaciones, golpes y femicidios, en los espacios privados y públicos.
Somos nosotras las que
sentimos que caminar por la calle es un acto de valentía y no una situación
como cualquiera, porque nunca sabemos cuándo puede venir un macho y
violentarnos. Porque siempre existe la posibilidad de salir y no regresar.
Somos nosotras las que estamos
condenadas a cumplir con los mandatos de esta sociedad machista, siendo madres,
esposas, trabajadoras perfectas. Mujeres perfectas, por dentro y por fuera. Y
si no cumplimos esto como lo ordena el sistema, se nos enjuicia hasta el
cansancio.
Somos nosotras las que hemos
sido calladas e ignoradas en el transcurso de la historia. Somos y estamos
juntas, excepto una. Una que, al parecer, no se conmueve ni se indigna con
todos los casos de violencia de género que existen en nuestro país. Una que no
ha cambiado su discurso, que sigue igual y que teniendo gran poder, nos sigue
agrediendo con su indiferencia y su silencio: ella se llama “Justicia Chilena”
y hasta hoy me sigo preguntando si alguna vez se sumará de cuerpo entero a
nuestra causa.
Somos nosotras, somos tantas.
Las mujeres, las trans, travestis. De distintos pueblos, orígenes y edades.
Somos todas, sin distinción, las que seguimos llenando espacios y que no
volveremos a callarnos, aunque los machistas se indignen al ver que su rol
omnipotente se derrumba. ¡Y que alguien se atreva a llamarme “feminazi” por
arrojarles estas verdades en la cara!
Soy la que tira las letras,
pero no esconde la mano. Somos nosotras, somos tantas, somos todas."
#NiUnaMenos #NuncaMás
jueves, 24 de noviembre de 2016
"M": Un grito necesario en contra de la Violencia de Género
Recuerdo que estaba en el Centro de la Mujer de Melipilla,
cuando recibí la invitación. Estaba con mis otras compañeras que, al igual que
yo, son Monitoras en Prevención de Violencia contra las Mujeres. ¿De qué se
trataba? El título de dicha invitación se resumía ante nosotras en solamente una
consonante, pero con significados innumerables: “M”. Así nos dijeron que se
llamaba esta obra de teatro, traída a esta comuna con el siguiente motivo: el
25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de
Violencia contra las Mujeres.
Jueves 24 de
noviembre, Melipilla: Ya llegado el día, nos encontramos. Antes de
continuar, quiero aclarar que lo que leerán próximamente son mis impresiones y
no una crítica especializada que suele hacer esa gente odiosa que escribe en algunos
medios escritos. Perdón, pero mis lectores y lectoras que ya me conocen desde
antes, saben que les tengo bronca a esos personajes. De acuerdo, continuemos.
Si hay algo que quiero destacar en la obra, dentro de muchas
cosas, es la multiplicidad de facetas que se abarcaron en su transcurso. A
través de un monólogo, pudimos apreciar a distintas mujeres representadas por
la misma actriz. Y no solamente se mostraron distintos roles de mujeres, sino
que también la violencia que recibe la mujer en los distintos espacios: en lo
público y en lo privado.
Desde la ironía, la fuerza y la claridad del discurso, se
pueden reconocer diferentes situaciones que, lamentablemente, no son ficción,
ya que siguen siendo hechos cotidianos y que hasta hoy nos siguen violentando
como mujeres y como sociedad.
Hay una mujer oprimida, que para hacer algo tan simple como
ir a una peluquería, debe hacerlo escondida para no ser descubierta por su
marido, el agresor. Aquí se ve a una mujer que aparentemente es muy feliz con
el papel que desempeña, aislada y sin sentirse capaz de asumir que es una
víctima. ¿Acaso no es esta una realidad? ¿Cuántos casos así hay, en los que la
víctima se siente avergonzada, atemorizada, atada a una relación por distintos
motivos y opta por callarse y mostrar una careta ante los demás?
También se puede ver a una reina de belleza, esa que
defiende el lugar que ha obtenido gracias a los típicos estereotipos impuestos
por una sociedad machista. Aquella mujer que ha crecido con ideas patriarcales
que asume como naturales, como el hecho de crecer para convertirse en una reina
en todo sentido, incluso de la casa, siendo prácticamente una muñeca de su
marido. Se trata de esa mujer que naturaliza el machismo y que no hace propia
la lucha de género. Cuando habla de las feministas, se refiera a ellas
(nosotras) con expresiones como “esas son feas, les falta pico, son
tortilleras, etc.” Ojalá pudiéramos decir que esto no es más que ficción, tal
como en la situación anterior. Claramente, hay un mensaje detrás de ese
discurso entregado: aún hay quienes tienen esas creencias erróneas, cuando la
realidad es que las personas feministas no odiamos a los hombres, sino que
buscamos la equidad.
¿Y creen que el machismo solamente se ve reflejado en la
esfera privada, mi querida gente lectora? Hay una profesora de Historia que, en
medio de su clase (dirigida hacia nosotros, los espectadores(as)) se ve sumida
en un quiebre al ver que la historia que nos han enseñado en los colegios,
liceos y escuelas ha sido escrita y relatada por hombres. Hombres blancos y
heterosexuales, que, haciendo un parafraseo: “no contemplaron en su lucha a
indios, negros ni a las mujeres.” Se cuenta la historia de ellos, de esos
hombres triunfadores. Se citan episodios como la Independencia de Chile y la
Ilustración, en la que se destaca siempre la presencia de esos hombres privilegiados.
Sin embargo, un sonido inquietante que llena el teatro nos
arroja una pregunta esencial: “¿Y las mujeres dónde estaban?” Es una
interrogante necesaria, sobre todo para el sistema tradicional de educación.
Fueron muchas las mujeres que lucharon en aquellos años, pero fueron borradas
del relato histórico- oficial. ¿Los programas educativos pensarán rescatarlas
algún día?
Finalmente, nos vemos ante una estudiante que llena el
espacio con su discurso potente, claro y directo. Nos lleva a cuestionar las
típicas consignas que hemos escuchado durante años. ¿Para qué pedimos educación
gratuita y de calidad, si no se está contemplando la temática de género en
ella? También, se nos presenta el estereotipo constante que nos dice que “los
hombres son para la Matemática y las mujeres, para el Arte.” Quiero hablar
sobre esto último desde mi experiencia. Lo hago aquí, ya que no alcancé a
plantearlo en el Conversatorio realizado después de la obra. Soy escritora y la
literatura es un arte. Sin embargo, se trata de un arte dominado por hombres y
me atrevo a decir que he conocido a varios de ellos que son machistas. Algunos
no lo asumen, porque es mal visto, claro. Que uno de ellos te diga que “para
poder publicar tu libro vas a tener que acostarte con un editor”, ¿acaso no es
violento? Publiqué mi libro, no me acosté con nadie y para publicar mi segunda
novela tampoco lo haré. Sin embargo, hay que seguir lidiando con esos “micromachismos
literarios” y continúo en eso, aunque me agote a ratos.
¿Qué más podría expresar para dar un cierre a estas
palabras? Me siento agradecida de quienes hicieron posible esta presentación,
aunque suene cliché, pero considero importante escribirlo. Agradecida y cada
día más consciente de nuestro rol como mujeres, de nuestra lucha constante y
ojalá mucha más gente pudiera ver esta obra. Se trata de un grito necesario. Un
grito que es imposible ignorar, una vez que lo has escuchado.
jueves, 20 de octubre de 2016
Por eso voy a contarlo
A la gente lectora que llegue hasta aquí:
Les dejo un abrazo y mis saludos y l@s invito a leer estas palabras. El relato que leerán a continuación corresponde a una lectura que realicé a viva voz, como intervención en la manifestación "Vivas nos queremos", con el motivo de alzar nuestras voces para visibilizar la violencia que cada día sufrimos las mujeres en Chile y en el mundo.
Esta lectura la hice ayer miércoles 19 de octubre, en la Plaza de Armas de Melipilla, comuna que me vio crecer y en la que vivo, escribo y lucho actualmente. Debo decirlo: esta fue una de las lecturas más dolorosas que he realizado en mi camino de escritora, pero también de las más necesarias. Esta vez era mi voz, no la de un@ de mis personajes narradores (as) contando una historia de ficción.
La energía y las emociones vividas aún las tengo en mis sentidos. Ver a tanta gente reunida me dio esperanza para seguir luchando por esta causa. Agradezco a todas las personas que asistieron y a quienes, después de la lectura, me abrazaron y me acompañaron, en medio de algunas inevitables lágrimas, en nombre de las que hoy ya no nos acompañan.
Les dejo un abrazo y mis saludos y l@s invito a leer estas palabras. El relato que leerán a continuación corresponde a una lectura que realicé a viva voz, como intervención en la manifestación "Vivas nos queremos", con el motivo de alzar nuestras voces para visibilizar la violencia que cada día sufrimos las mujeres en Chile y en el mundo.
Esta lectura la hice ayer miércoles 19 de octubre, en la Plaza de Armas de Melipilla, comuna que me vio crecer y en la que vivo, escribo y lucho actualmente. Debo decirlo: esta fue una de las lecturas más dolorosas que he realizado en mi camino de escritora, pero también de las más necesarias. Esta vez era mi voz, no la de un@ de mis personajes narradores (as) contando una historia de ficción.
La energía y las emociones vividas aún las tengo en mis sentidos. Ver a tanta gente reunida me dio esperanza para seguir luchando por esta causa. Agradezco a todas las personas que asistieron y a quienes, después de la lectura, me abrazaron y me acompañaron, en medio de algunas inevitables lágrimas, en nombre de las que hoy ya no nos acompañan.
"Por eso voy a contarlo"
" Podría leer ante ustedes una
historia bonita, de esas que tienen un final feliz y donde todos sus personajes
son buenos. Podría leerles uno de mis relatos de ficción, mentirles, llevarlos
por un momento a un cuento fantástico, pero no lo voy a hacer.
A quienes hoy me están
escuchando, quiero contarles una historia. Me gustaría que fuese solo un
invento, pero no lo es. Especialmente, a esos que nos llaman “exageradas”
cuando alzamos la voz ante el maltrato. A esos que ocultan su machismo detrás
de una máscara sonriente, porque tienen intereses que cuidar o porque aspiran a
tener más poder del que ya tienen. A esos que justifican la violencia hacia
nosotras, a quienes la normalizan y a los que además, se burlan de nuestra
lucha, llamándonos “feminazis”. A esos que se sienten amenazados cuando les
hablamos de violencia de género, porque les aterra la idea de perder sus privilegios.
Les quiero contar que vivo en
un país donde no puedo hacer algo tan simple como caminar tranquila por la
calle. No puedo, porque mi cuerpo, aunque no quiera, es de dominio público y me
arriesgo a que cualquier macho se sienta con el derecho de acosarme, ya sea
desde una palabra asquerosa hasta una violación o la muerte misma.
Vivo en un país donde las
leyes no consideran todos los casos de violencia de género, en el que muchos se
atreven a decir que la mujer es responsable del maltrato que recibe, ya sea en
espacios públicos o privados.
En nuestro país, el número de
femicidios sigue creciendo. En este listado, también podemos encontrar a
mujeres melipillanas. Hoy, alzo estas palabras en nombre de cada una, porque
ellas ya no pueden hacerlo. Hablo desde el dolor y desde la rabia, hablo desde
la memoria que pide a gritos justicia y que no las olvidemos. Hablo por las que
hoy no están, hablo por las que estamos y que seguimos luchando. Hablo por las
que vendrán.
Quiero que llegue el día en
que todas las mujeres de Chile y el mundo podamos andar tranquilas por la
calle, recibiendo el respeto que merecemos. Que llegue el día en que ninguna
más sea víctima de su pareja o de cualquier hombre “por el hecho de ser mujer”.
Mientras tanto, mis palabras seguirán golpeando y llenando espacios, contando
esta historia de violencia que lamentablemente se sigue escribiendo y que
muchos aún se niegan a escuchar."
“Yo no quiero que esto quede
en el olvido, por eso voy a contarlo.”
#NiUnaMenos
lunes, 17 de octubre de 2016
Porque no voy a callarme: #NiUnaMenos
A todas las personas que lleguen hasta aquí, les cuento que me propuse lo siguiente: recientemente, escribí un estado en mi Facebook, a modo de comunicado y quiero que llegue a mucha gente. Es importante, pues se trata de una realidad que muchas veces es ignorada y que yo no quiero que se menosprecie. Decidí publicarlo aquí también, ya que no todas las personas que me leen tienen acceso a mi cuenta de Facebook, pero sí pueden leerme en este espacio. Esto es lo que escribí:
"Gente lectora: Las palabras que hoy escribiré son más que necesarias. No solo para mí, sino que para tod@s, en especial, para algunos. A esos que con su desatino e ignorancia disparan expresiones como: “El concepto femicidio no existe, eso es un invento del lenguaje” o “El femicidio no existe legalmente”. A esos que no son capaces de asumirse como machistas porque tienen intereses que cuidar o una pomada que vender. A esos que predican paz, amor y espiritualidad para tod@s, pero que en la práctica son un fraude y un asco. A esos que nos llaman “feminazis” desde su ignorancia y desde su más profunda miseria humana, sin tener una minúscula idea de lo que es el feminismo e invalidando una lucha constante y fundamental para nuestra sociedad. A esos que cuestionan la forma en que se hace visible la violencia de género, queriendo seguramente que esto se haga con caricias y guantes de seda, pero que no son capaces de cuestionar el machismo por todos los daños causados. Especialmente, a ustedes, les quiero contar una historia que es verdadera, no una de mis creaciones literarias.
Este mes de octubre se cumple un año más del femicidio de Roxana Gutiérrez, una mujer que fue víctima de su ex pareja en la comuna de Melipilla. Sí, femicidio, ese es el concepto correcto, aunque a algunos no les guste y les reviente la idea de que esto se muestre como es REALMENTE. Yo trabajo todos los días con palabras, así que sé muy bien que el lenguaje crea realidades. Nadie podría decirme lo contrario.
El femicidio de Roxana ocurrió en el año 2011 y el culpable estuvo prófugo durante un año. ¿Lo sabían? Quizás, hay personas que lo recuerdan o que ahora se han enterado. Por eso escribo esto, porque no quiero que el recuerdo de esta mujer se vaya, porque quiero darle a la memoria el lugar que merece. ¿Quieren que les comente algo, gente lectora? Hace algunos meses, basándome en el femicidio de Roxana, escribí un cuento que tiene un valor muy especial para mí. Luego de pensarlo, he decidido publicar este relato y estoy preparándome para eso. Quiero que mis lectores y lectoras de Melipilla, del resto de Chile y también de otros lugares del mundo conozcan esta historia que, por cierto, no es la única que existe.
El femicidio de Roxana ocurrió en el año 2011 y el culpable estuvo prófugo durante un año. ¿Lo sabían? Quizás, hay personas que lo recuerdan o que ahora se han enterado. Por eso escribo esto, porque no quiero que el recuerdo de esta mujer se vaya, porque quiero darle a la memoria el lugar que merece. ¿Quieren que les comente algo, gente lectora? Hace algunos meses, basándome en el femicidio de Roxana, escribí un cuento que tiene un valor muy especial para mí. Luego de pensarlo, he decidido publicar este relato y estoy preparándome para eso. Quiero que mis lectores y lectoras de Melipilla, del resto de Chile y también de otros lugares del mundo conozcan esta historia que, por cierto, no es la única que existe.
¿Acaso alguien podría sentirse “atacado” cuando escribo esto? ¡Claro que sí! Esos que destaqué en un comienzo como posibles receptores. ¿A quién podría enfurecerle que yo escriba estas verdades? A esos que son agresores y que no soportan que se les deje al descubierto. A esos que fomentan los distintos tipos de violencia, desde lo micro hasta lo macro. A esos que son cómplices y que ni siquiera son conscientes de ello. A quienes justifican el actuar de estos miserables que maltratan, que matan, diciendo: “Es que quizás qué hizo para que le pegaran/ la mataran” o “Es que ella se lo buscó” o “Es que ella se lo merecía”. Si algún lector que piensa así llega a estas palabras, quiere increparme o contradecirme, más vale que no se atreva porque no le voy a responder “con cariño ni consideración” y, además, me encargaré de hacerlo visible. De verdad, yo no sé cuál es el “problema” de la gente que piensa estas brutalidades: no sé si dudar de sus capacidades cognitivas o de su falta de voluntad al, simplemente, no estar dispuestos a entender NADA.
Callar agota y duele, gente lectora. Por eso, yo no voy a hacerlo más, aunque algunos no soporten esta idea. A todos esos imbéciles que nos llaman “feminazis”, los invito a dejar de decir esas pavadas, principalmente, en la esfera pública… ehhh… momento. Mi invitación no tendrá el efecto que busco porque esa gente no tiene capacidad de comprensión. ¡Ops! Perdón si algún aludido se ofende, pero a esos les llamo “imbéciles” “desde el sentido latino”. Se los aclaro para que “no se sientan violentados”.
¿Acaso alguien se preguntará por qué todo esto? Porque mi rol me lleva a escribir, a contar lo que a algunos les arde, pero que otras personas agradecen saber. Sí, escribo desde el dolor y desde la rabia que no existen “porque sí”. Porque, si fuera por mí, estaría narrando otras historias, pero me considero escritora mucho más allá de lo que pueda ser ficción. Ojalá que algún día pueda dejar de escribir sobre estos temas, sabiendo que todo ha terminado, pero hoy esa no es la realidad.
Al final, me quedo con lo que me da fortaleza y rescato lo que me da esperanza para seguir luchando. Me quedo con aquell@s compañer@s que cada día también se dedican a educar, a visibilizar y a enfrentar lo que concierne a estas temáticas. Me quedo con la honestidad, la visión crítica y las ganas de aprender de l@s jóvenes estudiantes que me hacen creer en las nuevas generaciones. Me quedo con la historia de Roxana y la de tantas mujeres que han tenido el mismo desenlace que ella y, realmente, espero que estas palabras lleguen lejos y no permanezcan escritas en vano."
“Yo no quiero que esto quede en el olvido, por eso voy a contarlo.”
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








