lunes, 11 de julio de 2016

Para ti, compañero coterráneo

Hace unas horas le comuniqué públicamente a mis amistades lectoras una importante decisión: después de mucho pensarlo, decidí volver a trabajar en torno a mi segunda novela, la cual terminé hace casi cuatro años, pero que, hasta hace poco, tenía pensado no publicar. ¿La razón principal? Esta novela estaba inspirada en un quiebre con el hombre que más me ha marcado en mi camino. (Ok, suena más patético que la cresta, pero es la verdad) Fue un proceso creativo bastante intenso, acompañado de desvelos, lágrimas y cansancio, pero logré darle un fin a ese relato, tras varios capítulos. 

No sé bien para qué escribo esto, si de seguro que la persona que más quiero que lea esto, no lo hará. Creo que al contar esto me estoy exponiendo, pero por ahora no encuentro otro modo de canalizar lo que se agita dentro de mí. Más de alguien me preguntó qué pasó con aquella relación, qué ocurrió con aquel compañero de vaivenes, noches y años. Sé que no debería contar esto, pero cuando tenía decidido que no volvería a sentir algo nuevo, apareció él, un personaje distinto y que jamás pensé que podría remover algo en mí. Ahora que lo pienso, tras meses de negación, entiendo que él fue la confirmación de que mi antiguo compañero ya no habitaba en mí.

Este nuevo personaje, increíblemente, es un coterráneo. Y digo increíblemente porque siempre mis amores han sido forasteros, más específicamente, santiaguinos. Hay sentimientos, emociones y pavadas varias del corazón que, aunque digan lo contrario, nosotros no podemos dirigir ni dominar. Aún recuerdo aquel balde de agua fría que él me lanzó al contarme una verdad inesperada y que hasta hoy me duele. De seguro él hasta hoy no imagina la pena que me causó aquella confesión. Aquella confesión desapercibida, que me fue omitida por un tiempo y que algo quebró en mí. Esa confesión que me hizo desistir de mi decisión de algún día armarme de valor y hablarle de mis renacientes, movedizos, pero reales sentimientos. De nada serviría, solamente para verme rechazada.

Cambio la voz del relato y esta vez me dirijo a ti, compañero coterráneo. En el fondo, aunque no quieras, sabes que a ti te escribo. Sé que es un riesgo escribirte desde mi espacio bloguero y , más aún, sabiendo que estas palabras podrán ser leídas por más lectores. A ti, compañero coterráneo, quisiera contarte tantas cosas, pero me queda claro que ya no quieres leerme ni escucharme. Veo que los años que nos separan se van notando en ti. Es más fácil quedarse en la zona de comodidad, conformarse con lo que hay, dejar que pase el tiempo y resignarse, renunciar a las nuevas y alucinantes sorpresas que regala la vida. Estancarse y negar las emociones, encerrarse, aunque el cuerpo y tu expresión muestren algo distinto a lo que es tu realidad.

Recuerdo aún tus ojitos luminosos, los lugares compartidos ajenos a la realidad de afuera, esa tan indeseable y que no importaba. Recuerdo la forma y el tacto de tus manos y me doy cuenta de la cursilería de mierda que estoy escribiendo, compañero coterráneo. ¿Pensaste alguna vez que serías motor y parte de mis letras y de mi creatividad?

Sé que el tiempo corre para ti y que muchas veces este se apura y te persigue, en medio de tus labores y qué sé yo. Sé que el tiempo ha sido y puede ser parte de tu lejanía, pero hay cuentos que ya no compro ni creo. A veces, solo bastan segundos para escribir, pero siento que hay algo más, algo que no sé bien cómo nombrar. 

Hay historias que no quiero repetir, no me siento capaz de soportar otra ruptura en mi corazón, aunque nuestra complicidad haya sido fugaz y... como quieras llamarla. Fuiste y has sido importante, quiero que nunca lo olvides, compañero coterráneo. Me encantaría decir que seguirás siéndolo, pero ya no depende de mí.
Sé que podría seguir escribiéndote, pero los monólogos también terminan agotando. ¿Debo concluir que ya no quieres saber nada de mí? ¿Podré saber algún día los motivos verdaderos? Ojalá algún día seas capaz de detenerte un ratito, tomar al menos un poquito de valor y decirme qué ha pasado durante este tiempo. Si hay algo que me cuesta soportar es la cobardía. Creo que te lo dije, cuando te contaba ingenuamente sobre ese antiguo amor y tú te esforzabas en subir mi ánimo. La diferencia es que tú te quedaste, mientras otros se espantaron ante aquel tormentoso relato de ese amor pasado. 

Ojalá la suerte me acompañara, como en la más arriesgada de las apuestas, y llegaras a leer esto. Ya no tengo nada más que perder. No quiero que pienses mal, no llegué a enamorarme porque perdí esa capacidad, así que esa promesa la he sabido cumplir conmigo misma. Simplemente, si pasas por aquí, quiero que te detengas y sepas que esto es para ti, compañero coterráneo. Tal como dije, sé que el tiempo, el trabajo y la rueda de tus días gira rápidamente. Jamás  estuvo ni estará en mis intenciones interrumpirte, pero recuerda que tienes mi cariño y un espacio en mi corazón. No voy a esperarte porque no quiero perder mi tiempo, aunque me gustaría que nuestras historias fueran distintas. Soy valiente para decir eso, aunque hoy no pueda decirlo de frente. Sí, soy valiente y sin querer dármelas de persona ejemplar, yo he aprendido a hacerme cargo de lo que siento y a enfrentarlo.

Compañero coterráneo, en nombre de la complicidad que alguna vez compartimos de distintas maneras, hoy quiero pedirte que te cuides mucho y que cuando el telón caiga y te enteres de la verdad (de aquella de la que yo no puedo protegerte, aunque quiera), yo voy a estar para abrazarte y cantarte con mi voz que se pone tímida al entonar una canción y que tú ya conoces. Voy a leerte o a escucharte, como quieras tú. No voy a darte la espalda, aunque tú (con o sin querer) lo estés haciendo conmigo actualmente.

Sé que no tendría por qué exponer de esta manera lo que siento en estos instantes, menos ante mis posibles lectores. Sé que podría escribirte, arriesgando que me borres de tu vida para siempre y sin explicación, tal como lo hicieron ya conmigo antes. Tal como un antiguo personaje lo hizo. La diferencia es que no quiero mirarte como un cobarde, quizás, como un temeroso. Sé también que a tu edad o a tu modo, quieras negar ciertas cosas y aferrarte a una amarra que a la legua se nota desgastada, apagada y que no ilumina tu mirada como yo la he visto. Tal vez, alguna vez lo hizo, pero se nota que hoy la trama es diferente. Tu trama, al menos. Como actor, eres grande en tu real trabajo. Mejor, sigue relatando historias.

¿Te cuento algo, compañero? En unas horas más comenzaré un curso del que aprenderé mucho y que espero me haga crecer más como mujer. Me encantaría contarte más, pero, quizás, pierda mi tiempo... y ya no merezco seguir perdiéndolo. Ojalá algún día te decidas y tú hagas lo mismo. Si algo he ido entendiendo es que la vida corre y hay que compartirla felizmente. Me hubiese gustado mucho haberla compartido más contigo, haber aceptado las invitaciones que te rechacé por mi agorafobia y que hoy creo que no recuperaré.

Si hay algo que espero desde mi corazón literario es que la ruleta de la vida nos vuelva a juntar para hablar muchas cosas, para saber de ti, para atar los cabos sueltos, para decirte lo que hoy no puedo, pero que aquí podrás leer de a poco. Quedan pendientes en nuestros caminos y, realmente, si llegas acá, ojalá no tomes a mal esto, pero no encuentro otro modo de sacar lo que hoy guarda mi garganta y no quiero llorar. Ojalá que los motivos que nos separaron o que, en realidad, te alejaron, se rompan y se revienten para reírme contigo. Ya no me quedan tu voz, tus palabras escritas ni tu presencia. Nada más que los recuerdos. ¿Tú te quedaste con algo mío?

El cansancio llega a mí y espero que si vuelvo a soñar contigo no sea para recibir advertencias ni para despertar angustiada por una pesadilla. "No quiero soñar mil veces las mismas cosas" como dice la canción. Me declaro impaciente, siempre quiero tener respuestas y no soporto la incertidumbre. Contigo me he visto obligada a contenerme, porque no quiero ahuyentarte. No quiero que los personajes que han sido parte de mi corazón se vuelvan a marchar sin decirme por qué. Y aunque mi antiguo compañero y tú tienen distintos lugares en mí, hay sensaciones que me suenan conocidas y eso me hace temer.

No voy a nombrarte, pero en el fondo, sabes que te hablo a ti, que estas letras son para ti, aunque ya no las merezcas. Ojalá no tuviera que escribirlas y ojalá que todo lo que escribí, que mis temores, que mis posibles opciones sobre tu distancia, que todo eso no fuese más que una pesadilla, una de mis tantas locuras literarias. 
Cuídate, compañero coterráneo, y no dejes que las ataduras de la edad y del paso del tiempo te detengan. Yo tengo la libertad de mis manos y la valentía. Cómo me gustaría transmitírtela y que te dieras los minutos necesarios para repensar ciertas situaciones. ¿Eres feliz, compañero? ¿Acaso podrías serlo más aún, si tan solo dieras el salto que yo di? ¿Me acompañarías? 
Tú sabes dónde y cómo encontrarme. No creo que sea necesario más. Yo ya he dado los pasos que he sentido, pero no puedo desgastarme más. Piénsalo, compañero coterráneo, y aunque no haya alcanzado a decírtelo de frente, te quiero, pastel de hojarasca. :)












martes, 5 de julio de 2016

Después de leer "El Museo del silencio" de Yoko Ogawa

Sucede que, de repente, cuando el tiempo y las ganas me acompañan, me da por recorrer la biblioteca sin rumbo fijo. Usualmente, cuando voy, tengo claro qué voy a buscar, pero también hay ocasiones en las que me permito ir por los pasillos tras algún título o autor desconocidos, algo que me sorprenda y que me mueva a descubrir algo diferente. ¿Lo más típico en mí? Llegar entusiasmada a la Sala de Literatura y sumergirme, principalmente, en la sección de Literatura Chilena o Latinoamericana. Sin embargo, esa tarde tenía al tiempo de mi lado y no era necesario correr ni apurarse como de costumbre.

Entonces, ahí estaba. Recuerdo haber escuchado su nombre en algún taller literario, pero nunca había llegado hasta uno de sus libros. ¿La autora? La escritora japonesa Yoko Ogawa. Leí la contratapa y, luego de leer la trama, encontré dos palabras que me hicieron tomar el libro para traerlo varios días conmigo: thriller psicológico.

Antes de contarles sobre el libro en cuestión, quiero aclarar que no me interesa dármelas de experta y tampoco pretendo emitir juicios de sable como hacen ciertos críticos literarios insoportables (o que se las dan de eso), personajes sobrevalorados y que para mí solo tienen espacio en un lugar donde podría metérmelos. Mejor, no profundicemos en eso. Simplemente, quiero compartir algunas impresiones y mi experiencia en torno a esta obra.

La historia comienza con la llegada de un museógrafo, el protagonista, a un pueblo bastante apartado y sumergido en la soledad. Allí, es requerido para comenzar con una labor distinta a otras que ha realizado anteriormente: su nueva empleadora, una anciana insoportable y excéntrica le hará un encargo bastante singular: ella quiere formar un museo en el que se exhiban las pertenencias recogidas en el instante y el lugar precisos de la muerte de los habitantes del pueblo. A pesar del carácter de la mujer, él decide quedarse y ser parte del proyecto, por lo que permanece en la casona donde vive la anciana. Ahí conocerá a su joven hija adoptiva, al jardinero y a su esposa, la asistenta.

El museógrafo comienza a reconocerse en este nuevo espacio, a pesar de las dificultades. Se encuentra alejado de su hermano mayor, a quien le escribe constantemente esperando una respuesta. Asimismo, en medio del desolado entorno, tiene claro que el objetivo es establecer el museo y partir del lugar. Él comienza a trabajar clasificando los objetos que su empleadora ha recogido en años anteriores y es ella quien revive su historia, a través de los relatos. Así avanza la rutina, hasta que una muerte es noticia en el lugar, la primera que el joven debe enfrentar para conseguir un nuevo objeto de un difunto y, de ese modo, incluirlo en el que será el Museo del silencio. Sin embargo, esto no se detiene ahí. Extrañamente, el pueblo empieza a verse envuelto en nuevas muertes y, más extraño aún, más de alguna de estas no se ha dado de manera natural, sino que hay una serie de femicidios que empiezan a inquietar al museógrafo y le hacen querer encontrar una respuesta para llegar a la verdad. Alguien está detrás de estos cruentos acontecimientos, llegando incluso a poner en la lista de sospechosos al protagonista.

La historia transcurre en medio de un paisaje que se centra en una de las épocas más frías del año. Hay árboles, nieve, ríos y viento acompañando la trama, mientras el museógrafo realiza sus labores en compañía de la hija adoptiva de su empleadora. Sin embargo, la aparente calma del espacio continúa sumando misterios y crímenes que parecen no tener un culpable. En medio de la novela, todos son sospechosos y hay un puzzle que se busca resolver.

Dentro de lo que llamó mi atención, hay un aspecto especial que quisiera mencionar: en el libro los personajes no tienen nombre y pareciera que en el entorno en que se desenvuelven, es algo que no es de mucha importancia. En el transcurso de los capítulos se habla del museógrafo, la anciana, la muchacha, el jardinero, la asistenta, el predicador del silencio y así. Sus identidades se esconden  y se confunden en un pueblo que, al ser descrito, trae a la memoria lo fantasmal, lo oculto, lo que puede llegar a causarnos sensaciones poco gratas, pero necesarias al momento de hacer un pacto de lectura con este libro.

¿Qué más podría contar? El opuesto entre la vida y la muerte paseándose por los distintos rincones del espacio. Hay una tienda en la plaza en la que se venden huevos con diseños y tallados como souvenirs, mostrando a través de estos detalles un lado amable y simbólicamente acogedor, mientras que las noticias difunden que hasta cierta fecha hay mujeres jóvenes que han sido asesinadas y a las que, de la misma manera, les han extraído los pezones. Así, en medio de este remolino de hechos, pasan los días, semanas y meses, a la espera de que este singular museo se abra a la comunidad.

Personalmente, me leí este libro durante algunas noches hasta concluirlo. El relato es dinámico y sus descripciones son las necesarias para poder armar el panorama necesario ante nosotros, los lectores. No me arrepiento de haber tomado este libro al azar. Es una obra que no me defraudó, a tal punto que espero encontrar pronto nuevos títulos de Yoko Ogawa para seguir conociendo sus temáticas y su trayectoria. 

En fin, he tratado de ordenarme lo mejor posible. Tal vez, este no es un gran texto, pero creo importante hacerles la invitación para descubrir a esta escritora japonesa. Ojalá algún ejemplar de este libro llegue a sus manos. Yo lo encontré en mi querida Biblioteca de Santiago, pero de seguro se encuentra merodeando en otros sitios.

¡Saludos, gente lectora!








miércoles, 29 de junio de 2016

De una tarde fría y un jubilado como tantos

“Hoy es día 28 y la pensión viene tarde.
A los viejos, ya le digo,
lo baila´o no nos quita nadie.”

(Ismael Serrano)
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“La vida corre desordenada,
los viejos saben por qué.
Las cosas son como yo no pensaba.
Me vuelvo a poner de pie.”

(Matías Oviedo)


Hace días que no escribía en este espacio, como si hubiese estado esperando algo que me hiciera escribir, algo que me removiera y que no me dejara tranquila hasta convertirlo en letras. Ese algo llegó, aunque no fue lo que a mí me hubiese gustado, pero hay situaciones que se tienen que vivir sí o sí, como parte del (a veces, muy injusto) juego de la realidad.

Hoy no me correspondía ir a trabajar ni viajar a Santiago, así que me quedé en mi lugar, junto a mi perrito Quijote. Siempre hay quehaceres, así que en eso estaba cuando, de pronto, una voz de hombre se escuchó desde afuera de la casa. No me hubiese dado cuenta, de no ser por los insistentes ladridos de Quijotito. La reja estaba cerrada, así que no sentí temor. Desde la puerta, vi a un señor ya algo mayor que humildemente me saludó y me contó que arreglaba jardines, que en ese mismo momento contaba con sus herramientas de trabajo y si acaso necesitaba de sus servicios. Sentí que el frío del aire se hacía aún más fuerte y no sabría precisar cuál fue la expresión de mis ojos en ese instante. Algo se quebraba en mí, se paralizaba en medio de una sorpresa cruel: era esa realidad tan típica de esta larga, angosta y, a veces, tan miserable faja de tierra. Sin saber bien qué decir, le di las gracias, pero le respondí que no era necesario.Al entrar y cerrar la puerta, lloré. 

Y es que ese hombre no tendría por qué estar recorriendo las calles ni gritando por las casas ofreciendo sus servicios como jardinero. Él debería haber estado disfrutando de la tarde de invierno acompañado de un café, un té o un mate, junto a un libro, la radio o algún programa cualquiera de la tele, pero no.
“Jubilación de mierda”, pensé entre lágrimas. Claramente, él era uno de los tantos jubilados que cada día en Chile tienen que buscar distintos medios para darle la pelea al calendario y a cada uno de sus días, porque las pensiones en este país son una de las tantas burlas a las que estamos expuestos. Y digo estamos porque, aunque me faltan varias vueltas al sol para vivir eso, “los viejos son nuestro futuro y es todo de lo que estamos seguros”, como diría una canción de Matías Oviedo. La misma canción que estaba escuchando hace unas horas, como si ella me hubiese anunciado aquel encuentro que estaba por venir.

Si existe algo cierto es que muchas veces, aunque no queramos, actuamos con torpeza ante lo sorpresivo, ante eso que nos rompe el esquema y que hasta nos derrumba. Después, nos preguntamos: “¿Por qué no habré hecho esto? o ¿por qué no habré reaccionado de esta otra manera?” El problema es que ya es tarde y no hay marcha atrás. Yo, después de hablar con aquel señor, me pregunté por qué no le pedí sus datos para recomendarlo a otra persona o para tenerlo en cuenta para otra ocasión. Sí, me arrepiento, pero no sé si volveré a verlo. ¿Saben? Es extraño que piense eso, más cuando me considero una persona bastante desconfiada. Sin embargo, tengo una intuición que siempre me ha sabido acompañar y ese hombre no era un mal tipo, sino uno de esos tantos que continúan su andar, en medio de un Chile de injusticias, en el que “el chancho está mal pelado”. Pésimamente repartido, esa es la verdad.
Mientras la balanza se inclina a favor de los poderosos, esos que tienen todas las de ganar, personas como el hombre que hoy vi siguen, tal vez, sin saber muy bien cómo, pero saben por qué. Porque no queda otra, porque los ciudadanos no tenemos el toro por las astas y no podemos decidir por cuenta propia cómo destinaremos nuestros ingresos al enfrentar esa temible puerta que se abre amenazante llamada “jubilación”.


Hoy en la noche, solamente mi hermana supo lo del episodio vivido esta tarde. Igualmente, ella se conmovió ante la historia. No me sentí capaz de contárselo a mis viejos en la mesa, porque sabía que iba a volver a llorar y no quise alarmarlos más de la cuenta. Y no quiero dármelas de sentimental, pero es imposible no sentir pena, rabia, impotencia y sus derivados al ver que esta realidad se replica en todos los rincones de Chile. Y con un nudo en la garganta, llego a la conclusión de que no bastaría que el hombre de hoy encuentre uno o más jardines para arreglar. Este es un asunto que tiene una raíz mucho más profunda y que, por más que quisiéramos como comunidad, no queda exclusivamente en nuestras manos. ¿Qué se supone que viene ahora? Si ese señor vuelve a pasar por aquí, espero reaccionar distinto. Quizás, mi actuar fue resultado de la capacidad de asombro que aún no pierdo. Ojalá nunca la perdamos. Creo que es una de las pocas pertenencias que no pueden quitarnos, incluso con el paso de los años.








jueves, 12 de mayo de 2016

Que no se apague la radio - Segunda Parte

Y como dijo alguien por ahí: “¿Quién dijo que las segundas partes son malas? Algunas pueden ser peores.” No sé si eso se cumplirá con este escrito, exactamente. Decídelo tú, mi querido lector. Yo, por mi parte, no pensé que después de “Que no se apague la radio” vendría una segunda parte, pero aquí está. ¿El motivo? Si se quiere, siempre habrá uno.

Ahora, que estoy en pleno “Modo Pedro Lemebel” (Pronto les contaré por qué) pienso en que ojalá yo tuviera un poco de esa maestría que él sabía plasmar de manera única. Sí, ojalá pudiera escribir algo así como una crónica dedicada a Radio Alterna, justo a días de eso que llaman “el fin”. Bueno, este es el intento que hago.

El otro día, un amigo al que no veo hace tiempo me dijo que se encontraba muy afectado con el cierre de la radio. En medio de una semana que ha tenido de todo y de nada para mí, empecé a ver cómo muchos empezaron a mostrar la tristeza (incluso la rabia) al saber que la llamada radio del rock y la cultura tiene ya su fecha de… término.

Todo indica que ya queda poco y duele hasta escribirlo. ¿Y por qué lo escribo? Porque creo que es lo que tengo más próximo en estos momentos. Todo pareciera recordarlo, incluso aquellos detalles que no pasan piolita. Hoy estaba almorzando y, en medio de una música de fondo, la Alterna lanzaba un anuncio mencionando lo que viene el próximo domingo. Días antes, fue la publicidad: nunca pensé que mi lugar de trabajo saldría nombrado dentro de los comerciales de la radio, pero así se dio y se nota. ¡Es más! Los muchachos, a través de las redes sociales, están invitando constantemente a la gente a que escriba y comparta sus recuerdos en torno a la radio. Yo ya he hecho lo mío, pero siempre hay algo que puede quedar en el tintero.

La semana pasada, en medio de tanto comentario habido y por haber, me encontré con uno que me pareció un poquito… imbécil. ¡Con respeto! Como dijo el Mago, claro. Y cuando utilizo la palabra imbécil, lo hago “desde la raíz latina”, así que no lo tomemos como un insulto. (¿Suena creíble o no? ¡Ja!) El comentario en cuestión, aludía a que no era necesario reclamar, que para eso nosotros, los auditores, podemos ir directo a Youtube y listo: todo el rock que queramos. No, gente bonita, cero idea de trasfondo. No se trata de eso y cualquiera podría comprenderlo sin demasiada explicación, porque cada uno entiende la importancia de la radio desde su experiencia. Por ejemplo, en mi caso, no solo queda el valor de la música y de la compañía programática. El año pasado (no recuerdo el mes, exactamente) yo estaba comenzando a escribir mi tercera novela. Según la temática, me faltaba una de las protagonistas y me vi ante una inquietud que empezaba a desesperarme de a poquito.

Era de noche y comenzaba aquel programa: los locutores al aire y una invitada muy singular. Cuento corto: Ante un mensaje de saludo mío, la muchacha en cuestión se enojó, ya que yo al saludar “a los locutores” incluía a su pololo y eso no podía ser. Me insultó vía Whatsapp y me bloqueó. Sin embargo, lo que realmente me dolió fue una terrible falta ortográfica suya y que, a veces, por las noches, no me deja dormir. (En esta parte, lector, inserta toda tu ironía y la risa que quieras) Sí, insólito, pero ya ven. Horas más tarde, tras recibir explicaciones de quien no tendría por qué habérmelas dado, entendí todo. La chiquilla mencionada tenía ese qué sé “sho” patológico (quizás, no asumido) que le hacía falta a mi libro. ¡Ahí estaba! Lejos de asustarme, lo único que ella consiguió fue quedarse pegada en medio de los capítulos que hoy sigo narrando. ¡Ojo! Esto no lo hago como acusación, digamos que no es más que parte del anecdotario para coleccionar. ¿Cómo no voy a tener recuerdos notables? La radio me acompañó por años y, en el último tiempo, le dio una nueva luz y nuevos personajes a mi creatividad.

¿Y ahora qué? Por lo visto, manifestarse no se traduce más que a muestras de apoyo y cariño. Pareciera que como auditores no se puede hacer demasiado y qué ganas de equivocarme. Yo, por mi parte, escribo. Aunque suene súper coloriento (o adjetívenlo como quieran), escribo como quien no hace más que esperar su sentencia porque no tiene otra salida y sus cartas ya fueron apostadas. Y a pesar de todo, como tanta gente, siento que sería buenísimo creer que esta historia va a dar un giro de esos que dan sorpresas de esas que dan gusto encontrar. Por el momento, ¿qué más? Ojalá que, tal como lo dice el último anuncio radial, nos volvamos a encontrar. Esperemos que más temprano que tarde.

Como lo dije en un comienzo, no tengo la maestría que quisiera. Quizás, solo el gran Pedro podría darle cuerpo a un relato firme y como merecen, pero por intentos no me quedo.

¡Salud! (Ok, es jueves, pero si quieren, tómenlo como una forma de terminar esto)

P.D: Si la situación lo permite, quizás, incluso pueda escribir la tercera parte de “Que no se apague la radio”. Sería mi primera trilogía bloguera.



sábado, 7 de mayo de 2016

De "La chica literaria" y lo que pasó después

Fue hace algunas semanas ya. No recuerdo muy bien la hora, pero ahí lo encontré. No me saludó, no me preguntó cómo estaba ni se despidió. Solamente, me dejó un link en un mensaje de Whatsapp. Solo eso… y todo eso, al mismo tiempo.

Mi curiosidad es poderosa, así que le dije que vería de qué se trataba. Sin embargo, esa noche el sueño me dio un golpe bajo. Al menos, miré rápidamente qué era y, al día siguiente, cumplí mi promesa: en medio del silencio, comencé a ver la película que él me había mandado en ese enlace. ¿Su nombre? “La chica literaria”.

No pretendo hacer una reseña ni menos una crítica de lo que es esta película en sí. No es mi estilo. Simplemente, quiero compartir algunas apreciaciones, ciertas sensaciones que se quedaron en mí durante y después de aquella trama. Perdón si caigo en las divagaciones, trataré de no hacerlo, aunque, a veces, es inevitable.

Hace tiempo que no me perdía en el mundo del animé. Esta vez, dentro de todo lo que pasó, aproveché de retroceder a mis días más juveniles, más lejanos, en los que la creatividad y las letras aún no eran para mí “el camino que iba a elegir y en el que me quedaría”. Esta vez, esto se mezcló con el presente. Sensaciones extrañamente especiales.

Hace tiempo, ya lo dije. Hace tiempo no veía una película entrelazada a uno de mis más estremecedores, incondicionales y eternos amores: la literatura. La trama, desde un comienzo, gira en torno al joven Konoha y a Touko, la llamada “chica literaria” en medio de este relato. Ambos, avanzan unidos en medio de un lazo que se sostiene en un particular secreto, en distintas vivencias y en la literatura misma. Cada uno desde su rol, ya sea desde la lectura o la creación, se desenvuelven en medio de un espacio, evidentemente, no exento de conflictos. (Ya dije que no profundizaré en la historia, no es lo que busco. Quien vio la película, entenderá. Quien no, sabrá decidir si lo hace. En ese último caso, espero que la opción sea un “sí”)

Personalmente, creo que la historia sabe presentar muy bien el tema de la intertextualidad, haciendo constante referencia a obras literarias y a autores que influyen en las vidas de los personajes. Del mismo modo, bien se presenta ese límite entre lo intertextual y el plagio, arrojando a la trama a un antagónico que toma forma en una imagen femenina: el personaje de una escribidora. Sí, lo redacté bien: una “escribidora” que conoce bien el manejo de ciertas “malas artes” como la manipulación y que en el pasado tuvo una relación con el ya mencionado Konoha, el personaje que representa, principalmente, la voz creadora y el proceso que vivimos quienes nos dedicamos a trabajar con las letras.

“¿Por qué estoy escribiendo otra vez?” es una interrogante que no se presenta solamente en un único momento. Si tengo que hablar desde mí, también me pregunté lo mismo en más de una ocasión. Actualmente, creo que ya ni siquiera me lo pregunto, simplemente, libero las palabras. No importa cómo.

Es difícil declarar algo como esto, siento que, de pronto, voy a desnudarme de manera repentina ante ti, lector que llegaste hasta aquí. No sé si es eso lo que quieres, precisamente. Es verdad, ante el mundo, acostumbro a caminar con mi rol de mujer fuerte, inquebrantable e incluso “ruda” como me han llamado algunos. Sin embargo, hubo un momento en la película desde el que, inevitablemente, no pude dejar de llorar. Konoha declara ante su antiguo amor el motivo que lo llevó a darle vida a su primera novela. Yo, al mismo tiempo, me trasladé al pasado y recordé al amor más intenso y estremecedor de mi vida, ese que ya no está, pero que también, en su momento, me hizo escribir (en mi caso) mi segunda novela. Y aclaro (siento que necesito hacerlo) que no lloré porque lo ame o lo extrañe, pero sí asumo que es fuerte regresar al pasado y ver reflejadas las emociones y experiencias propias desde otra vereda. Sin embargo, luego de recordar a este tormentoso (des)amor, sentí la necesidad de darle a alguien en especial un abrazo cálido y apretado que todavía no consigo concretar, aunque no se trata de un acto imposible.

En fin, creo que “La chica literaria” es necesaria, sobre todo, para quienes nos dedicamos al intenso y constante trabajo de escribir. Desde lo íntimo, pude verme con las emociones compartidas entre los personajes de Touko y Konoha. Ella, desde su particular manera de relacionarse con los libros, junto a esa dosis de misterio (esencial en una “chica literaria”), búsqueda y determinación. Él, desde la mirada creadora, desde cierta culpa innecesaria y la creatividad creciente e imparable, a pesar de los golpes que dan ciertos hechos que no saben caer en la indiferencia.

Finalmente, esa tarde, después de llorar, pensar y querer abrazar sin poder hacerlo en ese instante, escribí en Twitter: “Cuando el animé y la literatura se juntan, la unión puede ser hermosa.” En este momento, sigo pensando lo mismo.







lunes, 2 de mayo de 2016

Que no se apague la radio

Y el día lunes comenzó… como día lunes. Suena pésimo escribirlo y, a la vez, replicar esa creencia, pero es la verdad. Amanecí con esa sensación extraña que indica que la jornada no será la más prometedora. No por pesimismo, sino por presentimientos.

Efectivamente, no fue el mejor día. No entraré en demasiados detalles, pero sí hay algo en lo que voy a detenerme. Como acostumbro a hacer casi todas las mañanas, me conecté con las redes sociales y encendí la radio. Ahí me enteré del asunto: el cierre de la Radio Alterna estaba anunciado. (#Corta, como posteó uno de los muchachos)

Con o sin anestesia, es sabido que para cada historia hay distintos finales, según lo que se vaya escribiendo (Otras, no tienen final) Lo sé, lo sabemos. Yo lo aprendí con los años que llevo narrando.
No sé qué tipo de escrito es este. Solo entiendo de sobra que no es un texto “estrictamente literario, con una estética de…” y todas las pavadas que suelen decir esos imbéciles que se juran críticos literarios. Simplemente, son palabras que reconocen un ciclo importante, una historia marcada por años de rock y ese sello especial que se quedó entre nosotros.

Recuerdo que desde niña crecí en un entorno rodeado de música y acompañada de lo que es la radio. Es más, un día surgió una idea que duró varios meses: yo tuve mi propio espacio radial. Me acuerdo de que grababa mi “programa” en cassettes (En este momento, mi carnet vuela por los aires), ponía canciones y les hablaba a mis “auditores” (que en ese entonces solo eran mis viejos) Les hablaba a esos receptores imaginarios, así como hoy les escribo a mis “lectores” (Bueno, siempre es bonito saber que alguien llega hasta estas letras)

Con los años, he escuchado a mucha gente de radio (como les llaman a estos especiales y queridos personajes) Incluso, uno de mis escritores amados, el gran Pedro Lemebel, tenía un programa llamado “Cancionero”, en el que leía sus crónicas y colocaba una variedad de música inolvidable. Más de una vez, llegué a preguntarme: “¿Cómo resultaría un programa así en una comuna como la nuestra, en la que todavía la literatura cojea?” La respuesta me llevó al desaliento, así que la dejé ahí. Eso es tema aparte.

Como sea, finalmente, (no recuerdo exactamente cuándo) llegué a la emisora que me regaló lo que no tuve en otras: la identificación, el sello, el rock y el espacio que hoy empieza a alejarse, como ya fue dicho.

No sé si estas son las mejores palabras, pero son las que siento ahora. Personalmente, la gratitud y un sabor agridulce (más agrio que dulce) se mezclan aquí. “Sentimientos encontrados”, les llaman. Yo les dejo a ustedes que le den el nombre que quieran.

Muchísimas gracias al bonito equipo de Radio Alterna. Gracias por la música, por lo que lograron en Melipilla (y mucho más allá también) y por acompañarme durante tantas jornadas, especialmente, en las noches y, durante el último tiempo, en las mañanas. Pude conocer casi todos los programas y me quedo con un buen recuerdo, al igual que tantos auditores más.
Quedo agradecida también por las veces que me ayudaron a difundir algún evento literario y hasta este blog. Tengo buena memoria, así que lo considero.

Gracias, y esto merece una mención especial, al programa que me dio el cetro, nombrándome como su “auditora N° 1” (¡Awwwww!), el cual también abandono, pero que queda en mi recuerdo. Me refiero a mi queridísimo programa “La Previa”. Gracias por subirme el ánimo en los tiempos en que aún estaba dando vueltas con un (des)amor que, finalmente, (y afortunadamente) hoy ya no es más que historia escrita y sepultada (Para quienes no saben, mi dramón de "amors“, incluso llegó a ser conocido por la gente que escuchaba el programa. ¡Hasta otros auditores(as) llegaron a enviarme mensajes de ánimo! ¡Jajaja! Sí, llegué a estar en una fase re decadente, pero se fue) Gracias por las risas, por los viajes musicales al pasado, por hacer que mis escritos de viernes por la noche se quedaran paralizados, a pesar de los intentos) Gracias por darle vida a más de un personaje de mi tercera novela. (No sé si debí adelantar esto, pero es lo que puedo decir por el momento)

Gracias, gente bonita de Radio Alterna. Y aunque el presente, tal vez, no lo diga… ¿quién sabe? Ojalá nos reencontremos en un próximo capítulo.

(Para finalizar, querid@ lector(a), y como corresponde a la ocasión, dé Play al tema rockero que más le guste.)





sábado, 23 de abril de 2016

Día del Libro: Mi vida con ellos

23 de abril: cuentan que el Día del Libro se conmemora (o celebra, si gustan) en esta fecha como motivo de la partida de tres grandes escritores. Eso dicen, al menos.
Aunque el día ya casi termina (y seguro que, al publicar esto, ya habrá pasado) tengo que contar que desde hace años este día algo de diferente tiene en mí. Podría decir, desde que comencé a ser parte de este espacio, desde que dio inicio a mi camino junto a las letras. Nadie dijo que esto sería tarea fácil, no lo es hoy y tampoco creo que mañana ni pasado.

A propósito, tengo dos recuerdos que hasta hoy atesoro de mis días de niña: mi programa radial que grababa en cassettes y que solo escuchaba mi familia, mientras hacía mis “transmisiones” y una colección de libros de cuentos que me sabía al derecho y al revés, según me cuentan. “Gobolino, el gato faldero” y “Los viajes de Gulliver” fueron algunas de las historias que me llevaron hacia un lugar inesperado y azaroso, ese al que le llaman Literatura.

Voy a dar un salto, años más tarde. No pretendo dar una reseña de lo que es en sí el Día del Libro, digamos que, simplemente, quiero escribir parte de lo que ha sido mi vida con ellos. Este año se cumplirán 11 años desde que me di cuenta de que esto de narrar historias se convertiría mucho más que en un pasatiempo. En realidad, no pensé si realmente alguien iba a llamarme “escritora” (aún da cierto pudor declararme como tal, pero esto es lo que soy, aunque me falte muchísimo por recorrer) Comencé en los recreos, en los instantes libres de mi época de pingüina, cuando el lápiz y el papel fueron el mejor refugio más de una vez. ¿Quién diría que tiempo más tarde, el 2011, publicaría mi primera novela, esa que empezó a gestarse en aquellos días de escolar?

Han pasado algunos años desde entonces. Actualmente, me da cierta risa nerviosa, tierna y especial cada vez que recuerdo algunos párrafos y capítulos de “Curso intensivo para borrar lo imborrable”, mi primer libro. Confieso ser muy autocrítica y, aunque en el presente no me quedan más ejemplares para vender ni regalar, tengo la versión digital. Más de alguna de mis amistades o conocidos me lo han pedido, pero cuando me dispongo a enviárselos, el pudor me vence. Esa primera novela era tan, tan, tan juvenil y cándida, que ya no me reconozco en ella. Si pudiera “remasterizarla”, de verdad, lo haría. Sin embargo, no sería igual. La narradora no sería la misma, no sería la auténtica protagonista, Magdalena Jaureche.

Año 2012: La Romi, luego de una desilusión amorosa que casi la deja sin aliento ni luz, escribió la segunda parte de “Curso intensivo…”.
Luego de pensarlo mucho, decidí dejar ese libro escrito, pero no voy a publicarlo. Varios me han preguntado la razón. Yo les he dicho: la temática me terminó agotando a tal punto que se acabaron las fuerzas y las ganas. Quizás, algún día cambie de opinión, aunque lo veo muy difícil. Esta novela, especialmente, fue mi tabla de salvación en medio de una marea que parecía no acabar.

¿Y ahora qué? Luego de aprender y vivir la experiencia de un taller literario de Narrativas Urbanas, comenzó a gestarse una idea que hoy estoy trabajando y que me ha hecho crecer mucho. Así lo siento. Sí, totalmente diferente a la chiquilla que escribió “Curso intensivo…”. Puedo decir, entonces, que “mi tercer hijo viene en camino”. Quiero recibirlo como corresponde y quiero más aún que ustedes puedan leerlo.

De acuerdo. Todo esto puede sonar muy autorreferente para algunos, pero quiero compartir esta experiencia que significa dar vida, a través de las palabras, hasta que el trabajo de mucho tiempo llega al punto en que se convierte en un libro. Tengo clarísimo que todavía, a pesar de mis años narrando, queda muchísimo por hacer, vivir y comprender. Hasta hoy, sigo agradecida de aquella gente de letras que me ha formado y me ha enseñado. No sé si puedo adelantar algo, pero, en medio de una aventura, decidí tomar el riesgo y yo también empezaré una ruta nueva: no solo la de aprender, sino la de compartir lo aprendido con mis coterráneos. Falta hace en este lugar.

Y bien, antes de escribir, siempre hay que leer. Mucho falta por descubrir, aunque empecé a jugar a la niñita lectora desde muy pequeña. Ahora, especialmente, me mueve y me inspira la literatura de Chile y, en general (odio esa palabra), de Hispanoamérica. Grandes maestros y maestras, increíbles e inolvidables relatos. No me olvido de ciertos clásicos, pero por aquí se queda mi identidad. Hay libros que punzan, que remueven, que provocan risas, sollozos y bronca. Libros que se quedan tatuados y otros que también pueden borrarse, pero que siguen siendo historia. Hay libros que fueron destruidos, otros que siguen en pie. Otros que se los llevó el olvido y que murieron de frío. Algunos han pasado por tantas manos que se pierde la cuenta. Hay libros que me han hecho odiar, otros que me han salvado. Hay libros y, si todo sigue y mejora, seguirán estando.


P.D: A mis querid@s coterráne@s, atención durante los próximos días. ¿Creían que el Mes del Libro pasaría “piolita” por nuestro lugar? ¡Se vienen sorpresas!







lunes, 11 de abril de 2016

Lo que queda (Y lo que pasó después de desafiar lo que había)

Tengo un nudo en la garganta, pero algo inexplicable aún no me deja llorar. Lo intento, pero no me resulta. ¿Qué se supone que es esto? En estos momentos, pienso en un par de canciones que refleja mi situación actual. ¿Cuál? La de hacerme cargo de mis decisiones y comprobar a golpes que esto fue un riesgo más fuerte de lo que esperaba. Decidí nadar contra la corriente y los costos han sido altos.

Hace unos días, en un bonito lugar de mi tierrita natal, fui espectadora de una comedia unipersonal llamada “Un actor cesante”. En realidad, por más de un instante, más que espectadora me sentí como en una suerte de espejo, aunque con una versión propia. No acostumbro a tratar estas cosas en mis escritos, creo que estos temas ya tienen que ver con algo más personal y debería bancarme los hechos en silencio, pero las letras, después de todo y nada, siempre son la salida. La mía, al menos.

Desafiando los comentarios y juicios de más de alguien, lo decidí: pese a tener mi título en mano, comprendí que hay situaciones por las que no pretendo volver a pasar. Muchos me dijeron que “esto es así, después te acostumbras” y frases por el estilo. Para los lectores que ya saben de este espacio, pero no conocen esto, soy profe de Lenguaje en un país donde el rol docente está por el suelo. Muchos se preguntarán por qué estudié eso, entonces. No voy a profundizar ahí, creo que este texto se podría extender más de la cuenta, pero tuve y tengo mis motivos. Me siento orgullosa de lo que soy y de lo que logré, pero aquí hay algo que quiero recalcar: soy profe, no mártir de la educación. Lamentablemente, muchos ven y viven esto como auténticos sinónimos.

Por fortuna, tengo algunas cartas todavía a mi favor. No tengo una familia sobre mi espalda ni algo que me amarre a tomar “lo primero que salga”. Mi hijo perruno cuenta con lo necesario, ya que algo tengo para sostenerme, aunque sea un poquito. Es cierto, con solo unas horitas esquivas y fugaces es más complejo. Sin embargo, “peor es mascar lauchas”, como dicen por ahí. A pesar de esa pequeñita fuente laboral que solo me afirma lo justo, me considero cesante el resto de la semana. Lo confieso avergonzada, pero sin ganas de echar pie atrás.
No crean que mi decisión fue por capricho. El año pasado, luego de vivir una experiencia laboral que me marcó a fondo, pensé: “Soy profe joven, pero no por eso voy a dejarme aplastar por gente déspota, que carece de tino y de temple”. Qué miserable pueden volverse ciertas personas cuando llegan a ejercer el poder (“ejercer”, así lo diría M. Foucault) Lo viví desde la barrera del “oprimido”, citando de nuevo a Foucault y mis disculpas si esta referencia me hace ver… no sé… odiosa o arrogante, pensarán algunos, tal vez. Se los dejo a ustedes. Yo solo quiero compartir lo que va saliendo para poder desenredar lo que hoy vive en mí.

Se supone que yo debería tener la respuesta. De hecho, la tengo. Lo que no hay es una puerta ni una ventana que se abra, por más que he golpeado. ¿Qué más puede hacer una profe de Lenguaje que solo sabe hacer clases y que, más que docente, es escritora? Hacer clases, escribir. ¿Qué más? Parece poco, aunque suene valioso, pero en términos exactos, la ruta se vuelve estrecha. He hecho una búsqueda intensa por distintos sitios. Todo ha parecido ser en vano. Ya no me quedan más ideas en el tintero. Me he escabullido en medio de avisos que no tienen lazo con mi profesión, pero el agotamiento empieza a caer sobre la espalda. No soy una experta en cocina, artes manuales ni tampoco tengo una Pyme. Solo sé hacer clases y escribir, repito.

No crean que la docencia no es lo mío, pero el discursito de la vocación a prueba de balas y de gente prepotente no va conmigo. Preferí cuidar mi salud, pero tampoco me está haciendo muy bien este presente movedizo y, a la vez, inmóvil. A pesar de mi necesidad de instantes solitarios a la hora de jugar a ser narradora, siempre me gustó trabajar con gente. Incluso, mis sueños de profe aún no están sepultados por completo. Me encantaría compartir lo que soy y lo que sé con quien quiera escucharme y me valore. Para quienes son profes (también para los que no), pensarán que estoy creyendo en un imposible, que hay que adaptarse a lo que hay y existe, que la costumbre llegará. Yo no quiero acostumbrarme a lo que ya tuve que pasar antes. Es más, sería feliz impartiendo talleres literarios, haciendo clases a adultos o siendo parte de un equipo que tenga la misión de escribir y escribir. No quiero liquidar mi energía, mi voz, mi fuerza ni mi dignidad. No de nuevo. 
Decepcionada, he visto cómo muchos ya han caído en eso y no quiero ser una más. También, he visto cómo otros cambian de rumbo y se valen de otros talentos que les sirven para vivir en medio de este cruel sistema. Mientras tanto, continúo paralizada, a ratos, pensando qué otra carta podría apostar hoy. Puertas y ventanas golpeadas que no abren, apuestas que se pierden, ansiedad, onicofagia.

Qué difícil y arrollador resultó esto de nadar contra la corriente. ¿Que si me arrepiento? No, pero sí me duele y avergüenza este relato. Sin embargo, el impulso me lleva a liberarlo, a narrar y a compartirlo. Puede resultar decadente, desabrido o los calificativos que quieran darle. Yo escribo esto porque la presión en el pecho y lo incierto me apagan las ganas y necesito saber que alguien va a llegar hasta aquí, que va a leer, que va a juzgar (para bien o para mal), pero que no estoy sola en esto. No lo estoy. No soy la única.

La noche melipillana está fría, pero eso ya no importa. El nudo en la garganta sigue presente, pero se siente más suave. Algo inexplicable aún no me deja llorar, aunque lo intento. Pienso que debe ser mi madrina que, desde su estrella, me cuida y me regala una fuerza que no sé hacia dónde guiar ahora. Sí, ahora. Mientras los minutos siguen corriendo y, en medio de una música precisa, una profe y escritora se desvela. Se desvela para despertar extrañamente contenta a la mañana siguiente, sin saber bien los motivos, pero con el deseo de aferrarse a ellos y seguir pensando, aunque suene muy ingenua, en que encontrará el espacio para estar feliz y hacer felices a los demás. Se lee y se escucha pegajosamente cliché, pero esto es lo que queda.











lunes, 4 de abril de 2016

Por saber de ti

Solamente mis caprichosas divinidades saben de todas aquellas cosas que hoy quisiera contarte.
Con algo de dudas, tengo que decir que estas son las primeras letras para ti publicadas en este, mi espacio. Por favor, espero que esto no se malinterprete, tampoco quiero que ocurra lo mismo con mis intenciones. Nada más lejos. Simplemente, es el oficio del “querer saber” o… qué sé yo. De un tiempo a esta parte, te volviste como aquellas historias indescifrables. Una historia que, por ahora, no me siento capaz de seguir buscando. No porque no quiera, sino porque me cansé y no lo digo desde el enojo. Lo confieso desde la incertidumbre y la desesperanza.

Te perdí el rastro. Perdimos el rastro, así como se pierden las fuerzas al luchar por causas casi imposibles, como se escabullen las ideas que van a escribirse, pero que no alcanzaron a pegarse en el papel.

No sé bien por qué escribo esto como si fueras a leerlo, cuando, en realidad, nada me asegura que llegarás hasta aquí. Si así fuera, jugando a imaginar, lo escribo porque, en medio del insomnio, un collage de los sueños que he tenido durante los últimos meses cayó de golpe sobre mi espalda y mi memoria. Creo que ya conozco, en cierto modo, la dinámica de mis vaivenes oníricos. Cuando sueño con personas de mi entorno (cercanas o no), algo sucede y, por lo visto, suena bastante obvio y poco novedoso. El asunto es que, en mi caso, me sirve para reparar en ciertos detalles o situaciones que pueden estar fuera de la vista. A veces, simplemente, los sueños son reflejo de aquellos que echo de menos o que siento que deberían regresar por algún motivo.

Intuiciones, premoniciones… no sé cómo se le llama a esta conexión entre mis corazonadas y los “avisos” que recibo, mientras sueño. De verdad, esto para mí dejó de ser un “don”, como dirían algunos, y ya me ha resultado molesto. A veces, quisiera no saber qué va a pasar o ser lo suficientemente fuerte para no temer y advertir a quien deba hacerlo. ¿Advertir de qué? No sé, pero darte una señal de alerta, de algo que me inquieta. Por eso me he acordado de ti, loco, y por eso la ausencia me hace brotar preguntas.

Recuerdo que antes, las veces en las que te entrometías en mis sueños nocturnos, los finales eran gratos y luminosos. En el último tiempo, algo ensombreció esa trama. “Algo” que tuve que matar al momento de escribirlo en mi actual novela. Aunque esto sea un completo spoiler, confieso que esa fue la única salida que encontré para liberarme de ese “algo”. Afortunadamente, resultó y no volvió nunca más a convertirse en pesadillas. “Algo” murió y yo lo maté. Lo digo con la frente en alto, con las manos manchadas de tinta y sin remordimiento. Sin embargo, las interrogantes continúan, de repente.

Qué ganas de contarte y compartirte tantas cosas. En nombre del tiempo y de una especie de lazo suspendido no sé dónde. ¿Un lazo que alguna vez existió? Aunque duela, he llegado a dudarlo. ¿Tus motivos? De seguro, son válidos y comprensibles. Solo me bastaría saber que no ha ocurrido… no sé. Solo me bastaría con saber que todo va bien y mirarte para estar tranquila de que así es. Más de una vez te he escrito, siempre lo he hecho en español.  ¿Cómo quieres que te diga que estoy preocupada? ¿Conoces la Clave Morse? Tal vez, sea una singular opción. Quizás, cuando aprenda chino mandarín (falta cada vez menos para eso) pueda decírtelo en ese idioma y, de paso, aprovecho de compartir algo nuevo contigo. Esto último no lo digo molesta, en caso de que así se interprete. (Tómese como un jueguito en medio del relato)

Tal vez, todo va de maravilla y si te contara y describiera los detalles de esos sueños, te burlarías, te reirías y con esa iluminada sonrisa de cebada me pedirías que me calmara y me dirías que todo va bien y que no ocurrirá nada. ¿O no? Ni idea…

Mis caprichosas divinidades lo saben. Te he buscado, sin anticiparte mi inquietud para no preocuparte ni quedar como una ridícula. Te he buscado, aunque no solo por eso. Por saber, por no saber, por querer que estés bien, porque no hacen falta razones si se quiere escribir, si quiero leerte y que me leas. Si quiero verte y que me veas y así, narrarte a mi manera, desafiar mi rol de profe y tratar de resumirte de manera comprensible lo que han sido estos últimos meses.


Sí, y ahora, apostando una carta incierta, espero que me leas. Aunque tampoco voy a invitarte en la insistencia a que lo hagas. Feliz de envolverte en mis letras, si llegas. De lo contrario, estas palabras pasarán. Tal vez no por ti, pero lo harán. Y si hasta aquí llegaste, en medio de tu vorágine, quiero que tomes esto y lo guardes. ¿Cómo y dónde? Déjaselo a tu creatividad. Después de todo, eres un loco como yo y sabrás hacerlo.


sábado, 12 de marzo de 2016

Memoria de un viernes en el Patio (Y de cómo el témpano empieza a derretirse)

“(…) Trasladándome de sitio, desenterrando todo mi interior.
Escucho las sirenas en el mar, me guían para poder alcanzar
la otra orilla.”
(Alejandro Varela)

Me enteré por las redes sociales (No por la prensa. ¡Jeje!) Ok, aquí voy de nuevo. Digamos que aún dudo de mi decisión, si realmente es una buena idea compartir estas palabras, pero creo que me servirá, precisamente, para compartir un trocito de mí, ese que está cerrado como un témpano. ¿Lo bonito de esto? Saber que el témpano comienza a derretirse.

Como iba contando, me enteré por las redes sociales: viernes en la noche, panorama en Melipilla. Lo que para muchos puede ser una decisión simple y sin darle mayor vuelta, para mí resultó ser un desafío. ¿Por qué? Hace algunos días, en otra de mis publicaciones blogueras, escribí todas aquellas cosas y hechos que me dan alegría y le dan sentido a mi andar. Entre todas esas palabras, recuerdo que mencioné algo especial y que, después de años, pude entender: durante años Melipilla no fue más que una comuna - dormitorio para mí. Mi vida era la capital. Allí dejé la amistad entrañable, la euforia, el amor, el desamor, las caricias que hoy son ausencia, los recuerdos etílicos y las resacas que hoy dan risa. “Allí aprendí a quitar con piel el frío”, como diría Silvio. Allí, en Santiago, encontré un espacio para que mis letras, al fin, fueran leídas y escuchadas. Esta es la parte del relato en la que le encuentro razón a los lectores, si dicen y piensan: “Eeeeella, la santiaguina”. Si es así, lo comparto y hasta me reiré también. El tema es que no todo va por ahí, precisamente.

Después de darme más vueltas que un pollo asado, como diría una prima muy querida, finalmente, me decidí. Allá fui: sola. A diferencia del resto que ya tiene un “círculo social” estable y que apaña en todas. Como sea, yo quería ser parte de eso. Me contaron que se trataba de un lugar muy bonito. Además, tendría la siempre tan necesaria música.
Luego de llegar al bonito espacio, empecé a observar a quienes me rodeaban, tal como Roberto Bolaño lo narró en alguno de sus cuentos: mirar a los demás, mientras el miedo se mueve en el interior, deteniéndome. Todos los presentes con sus grupos de amigos. Yo, desafiando la inseguridad. Me di cuenta de que conocía a varios, pero no conocía a ninguno. El ambiente estaba amigable, el problema era yo. Con el pasar de los minutos, me encontré con personas bacanísimas. Uno de ellos me contó que había leído mi blog y me alegré. Después, vamos saludando gente y así. A pasos de distancia de mí, dos muchachos singulares hablaban. Yo los conozco de vista, no sé si ellos a mí. Bien, uno es mucho más singular que el otro. Conversaban de política, historia y cosas así, pero lo último que yo hubiese hecho ahí: intervenir. ¡No! Si hay algo que siempre me han criticado es que soy “poco amistosa, poco sociable” y así. Yo diría que es temor o timidez (esa que se va lejos cuando estoy en un escenario) Sin embargo, no es de mala onda. Lo aclaro.

“El miedo te paraliza” me dijo aquella genial joven que cada cierto tiempo se dedica a escucharme por 45 minutos. Tiene razón. Además, la próxima vez que la vea quiero contarle que he hecho actividades distintas, que he empezado a salir de mi zona de “confort” (no del coludido, se entiende) Como soy narradora, la próxima vez que la vea quiero que mi relato sea interesante.
De pronto, escuché que dos tipos dijeron el nombre del melipillano que, actualmente, tiene mi corazón alborotado. (Qué manera de escribir hue… ya, sigamos, Romi) El muchacho en cuestión no estaba en el evento y rogué que no apareciera. Si lo hacía, seguro que yo entraría en pánico. Digamos que no estoy en edad para esas tonteras, pero llega el momento en el que las emociones son una caja de sorpresas.

Di un giro y me encontré con el saludo y el abrazo cariñoso de ella. En ese instante, mi sensación fue de calma, de Paz, como su nombre. En medio de una confesión inevitable, le conté mi situación: de lo extraño que me resultaba estar en un evento nocturno en Melipilla, sola,  y de lo difícil que ha sido hallarme en medio de tanta gente. De asumir que la amistad y la celebración se quedaron en Santiago, pero que al decidir quedarme aquí, hay que dar el paso y cambiar la realidad. Me sentí mejor, hasta empecé a sentirme acompañada y contenta. Sí, me sentí. El témpano quería derretirse y el ambiente cálido lo lograría.

Una vez que Jano Varela empezó a cantar, yo también hice lo mismo desde mi ubicación. El miedo  había pasado. Ya terminadas la música y la actuación, vi cómo la gente volvía a agruparse con sus amigos. Yo, pese a eso, salí contenta y más calmada. Todavía pienso si es buena idea compartir algo tan personal con mis lectores. No quiero autodiagnosticarme, aunque intuyo de qué se trata. Esto sí tiene salida y yo empiezo a verla y a palparla.

Gente bonita, lo que para muchos es un acto tan cotidiano como salir, divertirse y compartir con amistades de la misma comuna, lo que para muchos es algo tan fácil de planear, lo que para muchos no es más que estar en un espacio lleno de personas… para otros, no. No es tan simple de abordar. “Y llegué a sentirme forastera dentro de mi propia tierra”. Sí, eso pasó y no me di cuenta antes. No, yo soy de aquí, mis raíces lo son y yo decidí quedarme.

No es mi intención inspirar lástima ni emociones por el estilo. Simplemente, algo especial en los latidos me mueve a contar esto. Algo así como experimentar una desnudez literaria y, en un acto de valentía, mostrar al mundo esa fotografía. No soy la mujer que escribe y que es conocida por su trabajo aquí. No soy de las que se rodea de mucha gente y que es tan sociable y chispeante que da gusto mirarla. Eso queda en el escenario. No soy de las que inician conversaciones y se acerca amistosamente a los demás. No por insoportable ni arisca, es solo el temor. Un temor que me vistió de una  coraza hecha de témpano y que me encerró. ¿Lo que me alegra? El témpano empieza a derretirse y, aunque cueste en un comienzo, creo que ya di el primer paso. Ya nos veremos en otra ocasión y quiero creer que será aún mejor.

“…With a little help from my friends…”
(The Beatles)




martes, 8 de marzo de 2016

Mucho más que un "Feliz Día"

Llegó un nuevo 8 de marzo y, junto a él, nos encontramos con el Día Internacional de la Mujer. Una fecha especial, sin duda alguna, y que no es  exclusivamente una “celebración” como algunos plantean, sino que la raíz surge de la lucha de muchas mujeres que hoy no están y que dejaron un gran legado.

Quiero expresar algunas ideas en torno a este tema y que me gustaría compartir. Siento que este día puede regalarnos muchas cosas: detalles, gestos y reflexiones sobre lo que hoy somos. En años anteriores (y también ahora), he visto que las redes sociales se repletan de saludos, canciones y dulces dedicatorias para nosotras. No voy a decir que esto me molesta. Sin embargo, no puedo evitar pensar: “Ahora tenemos esto, pero, ¿qué pasa durante el resto del año?”

A modo personal, creo que el significado de este día va mucho más allá. Agradezco las muestras de cariño típicas y me hacen feliz, pero veo que todo aquello es fugaz. Al día siguiente, seguimos inmersas en una realidad que nos violenta: desde el poder hasta lo cotidiano. (De acuerdo, si en esta parte del texto hay personas que comienzan a cuestionarme, sé muy bien que también hay hombres que son víctimas de violencia desde distintos planos, pero aclaremos que ahora el tema es otro)

El otro día me enteré de que en mi comuna un grupito de políticos tuvo una idea singular: hacer un show dedicado al público femenino, precisamente, para “celebrar el Día de la Mujer”. ¿Cómo? Destacando la imagen y presentación de unos strippers masculinos. Aquí me detengo. No pretendo dármelas de conservadora ni amargada. No voy a lanzar la primera piedra (¡Eso jamás!) No estoy en contra de estos espectáculos. Sin embargo, en este caso, sí me encuentro en desacuerdo porque creo que la fecha no es la acertada. Es más, me molesta la visión que estos políticos tienen de nosotras. ¿Por qué en vez dar migajas no se dedican a hacer cambios realmente significativos desde el rol y el poder que ejercen?... ¿Por qué será? (En realidad, creo que la respuesta la sabemos)

Seré honesta. Yo quiero mucho más que un “Feliz Día” y no lo digo por capricho, sino por justicia. Quiero caminar tranquila por la calle sin sentirme atemorizada ante posibles agresiones físicas y/o verbales y no quiero, por nada del mundo, que sigan culpándonos porque, según algunos: “las mujeres somos responsables del acoso por provocar con nuestra forma de vestir…” y suma y sigue con comentarios sin empatía ni respeto.

 Quiero cumplir algún día el sueño que comparto con mi hermana: viajar juntas sin sentir que vamos “solas” y sin pensar que eso podría terminar con un cruel desenlace como ocurrió con las turistas argentinas. Quiero que quienes serán madres no sufran violencia obstétrica y que las que ya lo son no sean apuntadas con el dedo por amamantar a  sus hijos en público.

Quiero poder decidir sobre mi cuerpo y mi historia, sin que el Estado ni  la Iglesia emitan juicios desde sus roles, simplemente, porque NO LES CORRESPONDE. Y, por favor, no me involucren discursillos que incluyan dioses, obras literarias religiosas y demases. (Aquí, seguramente, me gano la bronca de algunos, pero hay que decirlo con claridad. Yo lo prefiero así, al menos. Sin anestesia ni antifaces)

Quiero que se derrumbe la idea de que el feminismo es el equivalente al machismo. Increíblemente, en la actualidad, hay gente que todavía lo piensa. Quiero más que una rosa, una tarjeta o una invitación… porque no bastan y no cambian nada. Ya dije que doy gracias por los gestos amables, pero la realidad es otra.
Quiero sentir la esperanza de que mujeres y hombres vamos luchando juntos y que aún es tiempo. Nuestro tiempo. Por las que se fueron, por las que estamos y por las que vendrán.






domingo, 6 de marzo de 2016

// ¿Y si seguimos celebrando? //

(Recomendación musical: “Un gran regalo” de Nano Stern)

Hoy mis palabras cambian de ruta. Es verdad que las últimas semanas no han sido las más fáciles, pero también es cierto que debo hacerme cargo de un error que me ha costado pagar caro. A veces, observo con curiosidad a aquellas personas que me rodean y que irradian una luz tan optimista y desbordante que es capaz de encandilarme. ¿Cómo lo logran?, ¿qué se supone que hacen para ver el panorama tan bonito, aun estando en medio de lo adverso? Asumo que tanto optimismo ha llegado a irritarme en un par de ocasiones, pero a la vez celebro a esas personas.

¿Celebrar? Hace tiempo no escribía esa palabra con las ganas de hoy.  Los días siguen su ritmo y, al parecer, hay cosas que siento tan propias que ya han llegado a no sorprenderme. (“Mal ahí”, como diría un muchacho que me gustaba hace un par de años)
Varias semanas atrás durante una noche, escribiéndome con un amigo, actualmente lejano, él supo lanzar la estocada en el lugar preciso. Recuerdo que yo le estaba contando lo abrumada que me sentía ante el pasado y la soledad. No lo pensó demasiado y en su pronta respuesta me dijo que yo solo estaba viendo lo malo de las cosas y pasaba quejándome de ello. Esas letras se quedaron dando vueltas y vueltas en mí, tal como hace un hámster al jugar con su rueda de ejercicios. Sus palabras sonaron a sentencia, rematando con “el tiempo pasa rápido”. ¡Claro! No era el primero en reparar en eso.

Hace solo unos días, un amigo argentino – escritor, cantante y más – publicó en su Facebook un texto que, por fortuna, llegó a mis ojos lectores en el instante exacto, como si todo hubiese estado planeado en un guión. Nicolás Manservigi, gran narrador, es precisamente quien me llevó a escribir esto. No ha sido el único que me ha dado señales para reaccionar, ya les he dicho que otros también lo han hecho. Sin embargo, cuando la palabra hablada no es suficiente, la escritura puede capturar más. El Nico contaba en su escrito aquellas cosas que él celebra y lo hacen feliz y, finalmente, dejaba una pregunta a sus lectores, entre quienes me incluyo.

¿Qué celebro? Celebro el despertar luego de una noche intensa, celebro un buen tazón de té de esos de sabores distintos. Celebro los instantes solitarios para escribir y la compañía, una vez que la narración literaria ha terminado. Celebro la mirada de mi perro Quijote y sus saltos alborotados por la casa. Celebro tener junto a mí a mi clan (así le llamo a mi familia) Celebro un trocito de chocolate, el café caliente o helado. Celebro salir a caminar por las calles de mi comuna (aunque, de repente me altere un poco el lento andar de mis coterráneos) Incluso, celebro la idea de que, al fin, voy entendiendo que tengo que rehacer mi vida aquí (porque así lo he decidido hasta ahora) Busco la forma de recomenzar en un sitio donde llegué a sentirme como una forastera, recorriendo nuevamente, redescubriendo y compartiendo con gente hermosa, necesaria, que no vi antes y de la que puedo aprender mucho. Sí, celebro también esas intenciones.

Celebro haber desterrado de mi corazón a un amor tormentoso que me fue apagando por años. Celebro los abrazos regalados y recibidos, celebro el sol y ese calor tan importante para entibiar mi corazón. Celebro a quienes han permanecido junto a mí, sin condición alguna. Celebro también a los que me han dado la espalda sin dignarse a explicarme el porqué y es que, finalmente, “Hay ausencias que representan un verdadero triunfo”. Lo dijo Cortázar y lo repito convencida, aunque de repente duela. Celebro a esos que quiero de regreso en mi vida y por quienes voy a luchar.
Celebro lo maravilloso que es hacer magia con destilados, frutas, hielo y/o azúcar para entregar cariño y sensaciones deliciosas, a través de una o más copas. Celebro las risas contagiosas y las conversaciones verdaderas y extensas, de esas que emocionan hasta la complicidad. Celebro a esos libros que dejan huellas imborrables, sobre todo si son chilenos y latinoamericanos. Celebro las canciones que se sienten hasta llorar y a aquellas que me alborotan hasta hacerme cantar y bailar.

Celebro el fin del personaje literario más despreciable que he escrito hasta ahora en una novela y más celebro aún el hecho de que nunca más ha aparecido en mis pesadillas. Ella se fue para siempre y lo celebro, porque dormir tranquila y sin amenazas oníricas-premonitorias es impagable. Celebro las verdades que se dicen de frente o por escrito, pero que son verdades, después de todo. Celebro las voces que se quiebran para luego levantarse y gritar con más fuerza. Celebro las puertas que empiezan a abrirse, aunque cueste en un principio.

Celebro sentir lo increíble que es estar escribiendo mi tercera novela, celebro mis ganas de entregar a los demás lo que soy y lo que sé, celebro mi deseo de seguir aprendiendo de grandes referentes de las letras. Celebro tanto y, a veces, me cuesta recordarlo. Sin embargo, dicen que nunca es tarde. Celebro las veces en que he espantado los miedos y los prejuicios. Celebro tener estrellas y hadas que me cuidan, sobre todo, a la más bonita: Raquel, mi eterna madrina.

Celebro haberme dado cuenta de esto. Celebro el caminar y los respiros. Celebro la continuación de estas palabras en un próximo capítulo. ¿Y si seguimos celebrando?